martes, 4 de mayo de 2021

EL ROBLE

 


EL ROBLE

JIDDU KRISHNAMURTI

ENCUENTRO CON LA VIDA

 

Esa mañana el roble estaba muy quieto. Era un árbol enorme en el bosque; tenía un tronco gigantesco y sus ramas, muy por encima del suelo, se extendían en todas direcciones. Quieto, estable e inconmovible, era parte de la tierra, como los otros árboles que lo rodeaban.

Los otros alborotaban con el viento, jugaban con él y cada hoja pertenecía al viento. Las pequeñas hojas del roble también jugaban con el viento, pero había una gran dignidad y profundidad de vida que uno percibía al observarlo.

La hiedra se adhería a muchos de los árboles y llegaba hasta la cima misma de las ramas más altas, pero en el roble no había ninguna.

Hasta los pinos tenían adherida esta hiedra que, si le fuera permitido, los destruiría. Y allí, en el bosquecillo, había siete u ocho altas e imponentes secoyas que debieron ser plantadas hace siglos.

Estaban rodeadas de rododendros, y durante la primavera el bosquecillo era un santuario no sólo para pájaros y conejos, faisanes y pequeños animales, sino para los seres humanos que se interesaban en llegar hasta allí.

Uno podía sentarse quietamente por una hora con los narcisos y las azaleas y contemplar el cielo azul a través de las hojas. Era un lugar encantador y todos estos grandes árboles eran amigos de uno, si es que uno quería amigos.

Era un lugar de rara belleza, aislado, tranquilo, y la gente aún no lo había estropeado.

Es extraño cómo los seres humanos profanan la naturaleza con sus matanzas, su ruido y su vulgaridad. Pero aquí, con las secoyas y el roble y todas las flores primaverales, esto era realmente un santuario para la mente quieta, para una mente estable y firme como esos árboles -no debido a alguna creencia, algún dogma, ni por la dedicación a algún propósito; la mente libre no necesita de estas cosas-.

Uno miraba los árboles, tan extraordinariamente quietos en esa tarde.

El camino se hallaba muy lejos y no podía oírse el ruido de los vehículos; de la casa cercana no llegaba sonido alguno y el silencio era total.

Aun la brisa se había detenido y no se agitaba ni una sola hoja.

El nuevo pasto de primavera era de un verde delicado, uno apenas se atrevía a tocarlo.

La tierra, los árboles y el faisán que lo vigilaba a uno, eran indivisibles.

Todo formaba parte de ese extraordinario movimiento de la vida y el vivir, cuya profundidad el pensamiento jamás podrá alcanzar.

El intelecto puede tejer un montón de teorías, puede construir alrededor de ello una estructura filosófica, pero la descripción no es lo descrito.

Si usted se sentara quietamente, muy lejos de todo el pasado, entonces quizá podría sentir esto; no usted sintiéndolo como un ser humano separado, sino más bien porque la mente se hallaría tan completamente silenciosa que habría una inmensa percepción alerta sin la división del observador.

Y si paseando se alejara a poca distancia, encontraría una granja con enormes cerdos, montañas de carne rosada, resoplante, lista para el mercado. (Ellos dijeron que era un negocio muy bueno y lucrativo).

Usted vería a menudo un camión subiendo por un sendero áspero y sinuoso de la granja, y al día siguiente habría menos cerdos. (“Pero necesitamos vivir”, dijeron ellos...). Y la belleza de la tierra ha sido olvidada.

Del Boletín 8 (KF), 1970


viernes, 9 de abril de 2021

EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO: J. KRISHNAMURTI

 


EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO

 

J. KRISHNAMURTI

 

I

 

Es muy importante, a mi entender, que seamos sumamente serios. Los que acuden a estas reuniones, los que asisten a diversas conferencias de este tipo, se creen muy formales y serios. Pero me agradaría descubrir qué entendemos por “ser formal”, “ser serio”. ¿Es formalidad, demuestra seriedad, eso de ir de un conferenciante u orador a otro, de un dirigente a otro, de un instructor a otro? ¿O que acudamos a diferentes grupos, o pasemos por diversas organizaciones, en busca de algo? Antes, pues, de empezar a averiguar lo que es ser serio, debemos ciertamente descubrir qué es lo que buscamos.

¿Qué es lo que busca la mayoría de nosotros? ¿Qué es lo que cada uno de nosotros quiere? Sobre todo en este mundo de desasosiego, en el que todos procuran hallar cierto género de felicidad, alguna clase de paz, resulta sin duda importante averiguar -¿no es así?- qué es lo que intentamos buscar, qué es lo que tratamos de descubrir. Es probable que la mayoría de nosotros busque alguna especie de felicidad, alguna clase de paz; en un mundo sacudido por disturbios, guerras, contiendas, luchas, deseamos un refugio donde pueda haber algo de paz. Creo que eso es lo que casi todos deseamos. Y así proseguimos, yendo de un dirigente a otro, de una organización religiosa a otra, de un instructor a otro.

Ahora bien: ¿andamos en busca de la felicidad, o lo que buscamos es alguna clase de satisfacción de la que esperamos derivar felicidad? Hay una diferencia, por cierto, entre felicidad y satisfacción. ¿Podéis buscar la felicidad? Tal vez podáis hallar satisfacción; pero, ciertamente, no podéis encontrar la felicidad. La felicidad, sin duda, es un derivado; es un producto accesorio de alguna otra cosa. Antes, pues, de consagrar nuestra mente y corazón a algo que requiere gran dosis de seriedad, de atención, de pensamiento, de cuidado, debemos descubrir -¿no es así?- qué es lo que buscamos; si es felicidad o satisfacción. Temo que la mayoría de nosotros busquemos satisfacción. Deseamos estar satisfechos, deseamos hallar una sensación de plenitud al final de nuestra búsqueda.

¿Podéis, empero, buscar algo? ¿Para qué venís a estas reuniones? Por qué estáis todos aquí sentados, escuchándome? Sería muy interesante averiguar por qué estáis escuchando, por qué os tomáis la molestia de venir desde largas distancias, en un día caluroso, para escucharme. ¿Y qué es lo que escucháis? ¿Procuráis hallar solución a vuestras dificultades y es por eso que vais de un conferenciante a otro, que pasáis por diversas organizaciones religiosas, leéis libros, etc.? ¿O tratáis de hallar la causa de toda la perturbación, la miseria, las contiendas y las luchas? Eso, por cierto, no exige que leáis mucho, que asistáis a innumerables reuniones, o andéis en busca de instructores. Lo que exige es claridad de intención, ¿no es así?

Después de todo, si uno busca la paz puede encontrarla muy fácilmente. Puede uno consagrarse ciegamente a alguna causa, a una idea, y hallar en ella un refugio. Eso, a buen seguro, no resuelve el problema. El mero aislamiento en una idea que nos encierra, no nos libra del conflicto. Debemos, pues  ¿no es así?- descubrir qué es lo que cada uno de nosotros quiere, tanto en lo íntimo como exteriormente. Si esto lo vemos claro, no necesitaremos ir a parte alguna, recurrir a ningún instructor, a ninguna iglesia, a ninguna organización. De modo que nuestra dificultad  ¿no es así?- estriba en aclarar para nosotros mismos cuál es nuestra intención. ¿Puede haber claridad en nosotros? ¿Y esa claridad nos viene indagando, tratando de averiguar lo que otros dicen, desde el más elevado instructor hasta el vulgar predicador de la iglesia a la vuelta de la esquina? ¿Tenéis que recurrir a alguien para descubrir? Y sin embargo, eso es lo que hacemos,  ¿no es así? Leemos innumerables libros, asistimos a muchas reuniones; y discutimos, ingresamos a diversas organizaciones, procurando con ello hallar un remedio al conflicto, a las miserias de nuestra vida. O, si no hacemos todo eso, creemos que hemos encontrado; esto es, decimos que una organización determinada, tal o cual instructor, determinado libro, nos satisface: en eso hemos hallado todo lo que deseamos, y en eso permanecemos, cristalizados y encerrados.

Debemos, pues, llegar al punto en que nos preguntemos, de un modo realmente serio y profundo, si alguien puede darnos la paz, la felicidad, la realidad, Dios, o lo que os plazca. ¿Puede esta búsqueda incesante, este anhelo, brindarnos ese extraordinario sentido de realidad, ese estado creador, que surge cuando realmente nos comprendemos a nosotros mismos? ¿El conocimiento propio nos llega mediante la búsqueda, siguiendo a alguien perteneciendo a determinada organización, leyendo libros, etc.? Después de todo -¿no es así?- ese es el principal problema: que mientras no me entienda a mí mismo, no tengo base para el pensamiento, y toda mi búsqueda será en vano. Puedo refugiarme en las ilusiones, puedo huir de la contienda, de la lucha, de la brega; puedo adorar a otro ser; puedo esperar mi salvación de otra persona. Mientras sea, empero, ignorante de mí mismo, mientras no me de cuenta del proceso total de mí mismo, no tengo base para el pensamiento, para el afecto, para la acción.

Pero esa es la última de las cosas que deseamos: conocernos a nosotros mismos. Y ese, por cierto, es el único fundamento sobre el cual podemos construir. Pero antes de poder construir, de poder transformar, antes de poder condenar o destruir, tenemos que saber lo que somos. De modo, pues, que el emprender la búsqueda y cambiar de instructores de “gurús”, la práctica riel “yoga”, los ejercicios de respiración, el realizar ceremonias, el seguir a Maestros y toda otra cosa análoga, es totalmente inútil, ¿verdad? Carece de sentido aun cuando las mismas personas a quienes seguimos nos digan: “estudiaos a vosotros mismos”. Porqué el mundo es lo que somos nosotros. Si somos mezquinos, celosos, vanos, codiciosos, eso es lo que creamos en torno nuestro, esa es la sociedad en la cual vivimos.

Paréceme, pues, que antes de emprender un viaje para hallar la realidad, para encontrar a Dios, antes de que podamos actuar, antes de que podamos tener relación alguna unos con otros  y eso es la sociedad- resulta por cierto esencial que empecemos por entendernos a nosotros mismos en primer término. Y yo considero persona seria a aquella a quien eso le interesa completamente, ante todo, y no cómo llegar a determinada meta. Porque, si vosotros y yo no nos entendemos a nosotros mismos, ¿cómo podremos, en la acción, operar una transformación en la sociedad, en la convivencia, en nada que hagamos? Y ello no significa, de seguro que el conocimiento propio se oponga a la convivencia o esté aislado de ella. No significa, evidentemente, acentuar lo individual, el “yo” como opuesto a la masa, como opuesto a los demás. No se si algunos de vosotros habéis intentado seriamente estudiaros a vosotros mismos, vigilando toda palabra y las respuestas que ella provoca, vigilando todo movimiento del pensar y del sentir  observándolo, nada más- conscientes de vuestras respuestas corporales, sea que obréis movidos por vuestros centros físicos o por una idea: observando cómo respondéis a la situación mundial. No se si alguna vez y en alguna forma habéis ahondado seriamente esta cuestión. Tal vez de un modo esporádico, último recurso, cuando todo lo demás ha fracasado y os halléis fastidiados, algunos de vosotros lo hayan intentado.

Ahora bien: sin conoceros a vosotros mismos, sin conocer vuestra propia manera de pensad por qué pensáis ciertas cosas; sin conocer el “trasfondo” de vuestro “condicionamiento”, ni por qué tenéis ciertas creencias en materia de arte y de religión, acerca de vuestro país y vuestros vecinos, y acerca de vosotros mismos, ¿cómo podéis pensar verdaderamente sobre cosa alguna, Si no conocéis vuestro “trasfondo”, si no conocéis la substancia ni el origen de vuestro pensamiento, vuestra búsqueda resulta del todo vana, por cierto, y vuestra acción carece de sentido. ¿No es así? Tampoco tiene sentido alguno el que seáis americanos o hindúes, o que vuestra religión sea una u otra.

Antes, pues, de que podamos descubrir cuál es el propósito final de la vida, qué significa todo eso: las guerras, los antagonismos nacionales, los conflictos, toda esa baraúnda, debemos ciertamente empezar por nosotros mismos, ¿verdad? Ello suena tan sencillo, pero es extremadamente difícil. Para seguirse uno mismo, en efecto, para ver cómo opera el propio pensamiento, hay que estar extraordinariamente alerta. Así, a medida que uno empieza a estar cada vez más alerta ante los enredos del propio pensar, ante las propias respuestas y los propios sentimientos, empieza uno a ser más consciente, no sólo de sí mismo sino de las personas con las que está en relación. Conocerse a sí mismo es estudiarse en acción, en la convivencia. Mas la dificultad está en que somos muy impacientes; queremos seguir adelante, queremos alcanzar una meta. Y a causa de ello no tenemos tiempo ni ocasión de brindarnos a nosotros mismos una oportunidad, de estudiar, de observar. O nos hemos comprometido en diversas actividades: ganarnos el sustento, criar niños, o hemos asumido ciertas responsabilidades en diversas organizaciones. Tanto nos hemos comprometido de distintas maneras, que casi no tenemos tiempo para reflexionar sobre nosotros mismos, para observar, para estudiar. De tal modo, la responsabilidad de la reacción depende en realidad de uno mismo, no de los demás. Y el seguir  como se hace en América y en el mundo entero- a los “gurús” y sus sistemas, el leer los últimos libros sobre esto o aquello, paréceme de una total vacuidad, absolutamente vano. Podréis, en efecto, recorrer la tierra entera, pero tendréis que volver a vosotros mismos. Y como casi todos somos totalmente inconscientes de nosotros mismos, es en extremo difícil empezar a ver claramente el proceso de nuestro pensar, sentir y actuar. Y ese es el tema que voy a desarrollar en mis pláticas durante las próximas semanas.

Cuanto más os conocéis a vosotros mismos, más claridad existe. El conocimiento propio no tiene fin: no alcanzáis una realización, no llegáis a una conclusión. Es un río sin fin. Y, a medida que se lo estudia, que en él se ahonda de más en más, encuéntrase la paz. Sólo cuando la mente está tranquila  mediante el conocimiento propio, no mediante una autodisciplina impuesta- sólo entonces, en esa quietud, en ese silencio, puede advenir la realidad. Es sólo entonces que puede existir la beatitud, que puede haber acción creadora. Y a mí me parece que sin esa comprensión, sin esa experiencia, el mero hecho de leer libros, de asistir a conferencias, de hacer propaganda, es del todo infantil; es una mera actividad sin gran significación. Por el contrario, si uno logra comprenderse a sí mismo, y con ello realizar esa felicidad creadora, esa vivencia de algo que no es de la mente, entonces, tal vez, puede haber una transformación inmediata en la convivencia alrededor nuestro, y, por lo tanto, en el mundo en que vivimos.

 

Pregunta: ¿Tengo yo que estar en un nivel especial de conciencia para comprenderla usted?

 

Krishnamurti: Para comprender cualquier cosa  no solamente lo que yo digo sino cualquier cosa- ¿qué se requiere? ¿Qué se necesita para entenderos a vosotros mismos, para comprender a vuestro esposo, a vuestra esposa, para comprender un cuadro, el paisaje, los árboles? Verdadera atención, ¿no es eso? Porque, para entender algo, tenéis que dedicarle todo vuestro ser, vuestra atención integra, plena profunda, ¿no es así? ¿y, cómo puede haber atención plena, cuando estáis distraídos? Por ejemplo: cuando tomáis notas mientras yo estoy hablando, captáis, probablemente, una buena frase y os decís: “Cáspita, voy a anotar eso; voy a usarlo en mi disertación”. ¿Cómo puede haber plena atención cuando sólo os interesan las palabras? Esto es, estáis concentrados en el nivel verbal, por lo cual sois incapaces de sobrepasar ese nivel verbal. Las palabras son tan sólo un medio de comunicación. Pero si no sois capaces de comunicaros y os apagáis a las meras palabras, es obvio que no puede haber plena atención. No hay, por lo tanto, recto entendimiento.

El escuchar es, pues, un arte, ¿verdad? Para entender algo debéis prestar plena atención, y eso no es posible cuando de algún modo os distraéis: cuando tomáis notas o no estáis cómodamente sentados, cuando lucháis por comprender haciendo un esfuerzo. El hacer un esfuerzo por comprender, evidentemente, es un estorbo para la comprensión porque toda vuestra atención se emplea en hacer el esfuerzo. No sé si alguna vez habéis notado que, cuando algo que otra persona dice os interesa, no hacéis esfuerzo alguno, no erigís un muro de resistencia contra la distracción. No hay distracciones cuando estáis interesados; prestáis plena atención a lo que se está diciendo, ansiosamente, con espontaneidad. Cuando hay interés vital, hay atención espontánea. La mayoría de nosotros, empero, halla muy difícil esa atención, porque tal vez conscientemente, en el nivel superficial de la mente, queréis entender, pero en lo íntimo hay resistencia; o bien el deseo de comprender puede ser profundo, mientras en lo exterior, en la superficie, es donde hay resistencia.

Para prestar, pues, plena atención a alguna cosa, tiene que haber integración de todo vuestro ser. En efecto: mientras en un nivel de la conciencia deseáis quizá descubrir, saber, es posible que en otro nivel ese mismo saber signifique desilusión, ya que puede, que os haga cambiar totalmente vuestra vida. De modo, pues, que hay una contienda interior, una lucha íntima de la que quizá no os dais cuenta. Aunque creáis prestar atención, hay en realidad una distracción que continúa, interior o exteriormente; y esa es la dificultad.

Para entender, pues, cualquier cosa, hay que prestar plena atención; y es por eso que en diversas reuniones he insinuado que no se tomen notas, que no estáis aquí para hacer propaganda a favor mío o de vosotros; que debéis escuchar tan sólo para comprender. Nuestra dificultad para comprender estriba en que nuestra mente nunca está quieta. Jamás consideramos cosa alguna tranquilamente, con disposición de ánimo receptivo. Los periódicos, las revistas, los políticos, los oradores callejeros, nos llenan de sandeces; todo predicador a la vuelta de la esquina nos dice lo que debemos y lo que no debemos hacer. Todo eso nos llega de continuo; y es natural que contra todo eso haya también una resistencia íntima. No puede haber entendimiento mientras la mente esté perturbada. Mientras la mente no esté muy quieta, callada, tranquila, receptiva, sensible, no es posible comprender; y esa sensibilidad de la mente no ha de ser tan sólo en el nivel superior de la conciencia, en la mente superficial. Tiene que haber tranquilidad en todo nuestro ser, una quietud integral. Cuando os halláis en presencia de algo muy hermoso, si empezáis a charlar no captaréis su significado. Pero en el momento en que estáis quietos, en que sois sensibles, su belleza os alcanza. De igual manera, si deseamos entender cualquier cosa, no sólo debemos estar físicamente en calma, sino que nuestra mente debe hallarse en extremo alerta, aunque tranquila. Esa alerta pasividad de la mente no se logra por compulsión. No podéis adiestrar la Mente para que esté en silencio; en tal caro es simplemente como un mono amaestrado, quieto por fuera pero en ebullición por dentro. Escuchar es, pues, un arte; y es preciso que consagréis vuestro tiempo, vuestro pensamiento, todo vuestro ser, a aquello que deseáis comprender.

 

Pregunta: ¿Puedo comprender mas fácilmente lo que Ud. dice enseñándolo a otros?

 

Krishnamurti: Contándoselo a otros podréis aprender una nueva manera de presentar las cosas, un modo más sagaz de transmitir lo que deseáis decir pero eso, ciertamente, no es comprensión. Si vosotros mismos no lo comprendéis, ¿cómo será posible que lo expliquéis a otros? Eso, por cierto, es mera propaganda, ¿verdad? Vosotros no entendéis tal o cual cosa, pero habláis a otras personas al respecto, y os figuráis que una verdad puede repetirse. ¿Creéis que si tenéis una experiencia podéis explicarla a los demás? Podréis comunicarla verbalmente, ¿pero os será posible relatar a los demás vuestra experiencia, es decir, transmitir la vivencia de algo? Podréis describir la experiencia, mas no podréis transmitir el estado de vivencia. De suerte que una verdad repetida deja de ser verdad. Sólo la mentira puede repetirse; pero no bien “repetís” una verdad, ella pierde su sentido. Y la mayoría de nosotros no experimenta sino que se ocupa en repetir. A un hombre que experimenta algo no le interesa la mero repetición, tratar de convertir a otros, la propaganda. Pero, por desgracia, a la mayoría de nosotros le interesa la propaganda; porque mediante la propaganda, no sólo tratamos de convencer a otros sino que también nos ganamos la vida explotando a los demás. La propaganda se convierte gradualmente en estafa.

Si no os halláis, pues, atrapados en la mera “verbalización”, y realmente os dedicáis a experimentar, entonces vosotros y yo estamos en comunión. Pero si deseáis hacer propaganda  y yo afirmo que la verdad no puede ser objeto de propaganda- entonces no hay relación entre nosotros. Y temo que sea esa nuestra dificultad en estos momentos. Deseáis explicar a otros sin haber experimentado, y, al explicar, esperáis experimentar. Eso es mera sensación, mera satisfacción; carece de sentido. No tiene validez; no se apoya en ninguna realidad. Pero una realidad vivida, si se la comunica, no origina sujeción. La vivencia, pues, es mucho más importante, tiene mayor significación, que la comunicación en el nivel verbal.

 

Pregunta: A mí me parece que el movimiento de la vida se experimenta en la relación con las personas y las ideas. El desprenderse de tal estímulo implica vivir en un vacío deprimente. Yo necesito distracciones para sentirme vivir.

 

Krishnamurti: En esta pregunta está implícito el problema íntegro del desapego y la convivencia. Ahora bien, ¿por qué deseamos estar desligados? ¿Qué instinto es ese, que a la mayoría de nosotros nos hace querer apartarnos, estar desligados? Puede que, para casi todos nosotros, esa idea del desapego haya surgido porque tantos instructores religiosos nos han hablado acerca de ello. “Debéis desprenderos de todo para encontrar la realidad; debéis renunciar, debéis abandonarlo todo, y sólo entonces hallaréis la realidad”. ¿Pero es que en la convivencia podernos estar desligados? ¿Qué entendemos por convivencia? Tendremos, pues, que ahondar esta cuestión con cierto esmero.

Veamos ahora por qué tenemos esa reacción instintiva, esa constante propensión al desapego. Los diversos instructores religiosos han dicho: “Debéis estar desligados”. ¿Por qué? El problema, en primer lugar, es este “¿Por qué estamos apegados? “No se trata de saber estar desligados, sino por qué estáis apegados. Es seguro que si podéis hallar respuesta a eso, el problema del desapego no existe, ¿verdad? ¿Por qué estamos apegados a las atracciones, a las sensaciones, a las cosas de la mente o del corazón? Si podemos descubrir por qué estamos apegados, entonces, tal vez, hallaremos la respuesta justa, que no consiste en cómo lograr el desapego.

¿Por qué estáis apegados? ¿Y qué sucedería si no lo estuvierais? Si no estuvierais apegados a vuestro propio nombre, a vuestros bienes, a vuestra posición  ya lo sabéis, a todo ese cúmulo de cosas que forman vuestro “yo”; vuestros muebles, vuestro coche vuestras características e idiosincrasia, vuestras virtudes, creencias e ideas- Qué ocurriría? Si no estuvierais apegados a esas cosas, hallaríais que sois como la nada, ¿no es así? Si no estuvierais apegados a vuestras comodidades, a vuestra posición, a vuestra vanidad, os sentiríais súbitamente perdidos, ¿verdad? De modo que el temor a ese vacío, el temor a no ser nada, hace que os apaguéis a algo: vuestra familia, vuestro esposo o esposa, una silla, un automóvil, vuestro país; no importa lo que sea. El temor de no ser nada hace que uno se adhiera a algo; y el proceso de aferrarse implica conflicto, dolor. Porque aquello a que os aferráis no tarda en desintegrarse, en morir: vuestro coche, vuestra posición, vuestros bienes, vuestro esposo. Así, pues, en el proceso de retener hay dolor; y para evitar el dolor decimos que hay que estar desligado. Examinaos a vosotros mismos, y veréis que ello es así. El miedo a la soledad, el miedo a no ser nada, el miedo al vacío, nos hace apegarnos a algo: a un país, a una idea, a un Dios, a alguna organización, a un Maestro, a una disciplina, a lo que os plazca. En el proceso de apego hay dolor; y, para evitar ese dolor, tratamos de cultivar el desapego; y así persistimos en ese círculo que siempre es doloroso, en el que siempre hay lucha.

Ahora a bien: ¿por qué no podemos ser como la nada, algo inexistente, no sólo en el nivel verbal sino en lo íntimo? Entonces ya no hay problema de apego o desapego, ¿verdad? ¿Y en ese estado puede haber convivencia ¿Eso, en efecto, es lo que este interlocutor desea saber. El dice que sin relaciones con personas e ideas, uno vive en un vacío deprimente. ¿Es cierto, eso? ¿La convivencia es un proceso de apego? Cuando estáis apegados a alguien, ¿estéis relacionados con esa persona? Cuando estoy apegado a vosotros, cuando me aferro a vosotros, cuando os poseo, ¿estoy relacionado con vosotros? Llegáis a ser una necesidad para mí porque sin vosotros estoy perdido, me siento incómodo, desdichado, solo. Os convertís, pues, en una necesidad para mí, en uno cosa útil, en algo para llenar mi vacío. Vosotros no sois lo importante; lo que importa es que llenéis mi necesidad. ¿Y existe convivencia alguno entre nosotros cuando sois para mí una necesidad, una cosa necesaria, tal como un mueble?

Dicho de otra manera: ¿puede uno vivir sin relaciones? ¿Y es la vida de relación un mero estimulo? Porque sin eso que llamáis distracción os sentís perdidos, no os sentís vivir. Es decir, tratáis la convivencia como una distracción que os hace sentir vivos. Eso es lo que dice el autor de la pregunta.

Así, pues, Puede uno vivir en el mundo sin convivencia? Evidentemente no. No hay nada que pueda vivir en el aislamiento. A algunos de nosotros quizá nos agradaría vivir aislados; pero ello no es posible. La vida de relación, por lo tanto, se convierte en una simple distracción, que os hace sentir como si estuvierais vivos. El reñir unos con otros, el sostener luchas, disputas, etc., produce una sensación de vida. De manera que la convivencia se convierte en mera distracción. Y como dice el interlocutor, sin distracciones os sentís muertos. Por eso utilizáis la convivencia como un simple medio para distraeros; y es obvio que la distracción, ya se trate de la bebida, de ir al cine, de acumular conocimientos  cualquier forma de distracción- embota la mente y el corazón, ¿no es así? Cómo una mente embotada, un corazón insensible, puede tener relación con otra persona? Sólo una mente sensible, un corazón despierto al afecto, puede estar relacionado con algo.

De modo que, mientras consideréis la convivencia como distracción, viviréis evidentemente en un vacío porque os asusta salir de ese estado de distracción. De ahí que temáis cualquier clase de desapego, de separación. La convivencia es, pues, una distracción que os hace sentiros vivos. La verdadera convivencia, en cambio, no es, distracción; es, en realidad, un estado en el que os halláis constantemente en proceso de entenderos a vosotros mismos en relación con algo. Es decir, la convivencia no es una distracción sino un proceso en el cual uno se revela a sí mismo; y esa auto revelación es muy penosa porque en la convivencia no tardáis en descubriros a vosotros mismos, si estáis abiertos a tal descubrimiento. Como casi ninguno de nosotros, empero, desea descubrirse, como casi todos preferimos ocultarnos a nosotros mismos en la convivencia, ésta llega a ser ciegamente penosa, y procuramos desligarnos de ella. La vida de relación no es un estímulo. Por qué queréis que la convivencia os estimule ¿Si ello ocurre, entonces la convivencia languidece, al igual que el estímulo. No sé si habéis notado que cualquier clase de estímulo termina por embotar la mente y disminuir la sensibilidad del corazón.

De suerte que la cuestión del desapego nunca debiera plantearse, porque sólo el que posee piensa en renunciar. Nunca, empero, se pregunta él por qué posee, cuál es el “trasfondo” que ha hecho de él un hombre posesivo. Cuando comprende el proceso de poseer, entonces, naturalmente, se libra de la posesión; no que cultive un opuesto, como el desapego. Y la vida de relación será mero estímulo, un entretenimiento, mientras nos sirvamos de los demás como medio de satisfacción propia, o como una necesidad, para huir de nosotros mismos. Lleguéis a ser muy importantes para mí porque en mí mismo yo soy muy pobre; en mí mismo nada soy, y, por lo tanto, vosotros lo sois todo. Tal relación está llamada a ser un conflicto, un dolor; y algo que produce dolor deja de ser una distracción. Deseamos, por lo tanto, escapar a esa relación; y a esto le llamamos desapego.

Así, pues, mientras nos sirvamos de la mente en la vida de relación, no podremos entender la convivencia. Porque, después de todo, la mente es la que nos hace desligarnos. Cuando hay amor no existe el problema del apego o del desapego. El amor no es producto del pensamiento: no podéis pensar acerca del amor. Es un estado de ser. Y cuando la mente interviene por medio de sus cálculos, de sus celos, de diversos y sutiles engaños, entonces surge el problema en la vida de relación. La convivencia sólo tiene significación cuando es un proceso en que uno se revela a sí mismo; y si en ese proceso uno actúa en forma profunda, amplia y extensa, entonces hay paz en la convivencia, no la lucha ni el antagonismo entre dos personas. Sólo en esa quietud, en esa convivencia en la que existe la fruición del conocimiento propio, está la paz.

 

Julio 16 de 1949.

 

EL VUELO DEL ÁGUILA: 1. LA LIBERTAD

 


EL VUELO DEL ÁGUILA

J. KRISHNAMURTI

 

1. LA LIBERTAD

Pensamiento, placer y dolor.

 Para la mayoría de nosotros la libertad es una idea, no una realidad. Cuando hablamos de libertad, lo que queremos es ser libres en lo externo, hacer lo que nos plazca, viajar, estar libres para expresarnos de diferentes maneras y para pensar lo que gustemos. La expresión externa de la libertad parece ser de extraordinaria importancia, especialmente en los países donde hay tiranía y dictadura. Y en aquellos países donde es posible la libertad externa, uno busca más y más placer, más y más posesiones.

Si es que vamos a inquirir profundamente en lo que la libertad implica: ser total y completamente libres en lo interno -lo cual se expresa luego exteriormente en la relación con la sociedad- entonces me parece que debemos preguntarnos si la mente humana, que está tan excesivamente condicionada, puede alguna vez ser del todo libre.

¿Tiene la mente que vivir y funcionar siempre dentro de las fronteras de su propio condicionamiento, de manera que no haya posibilidad alguna de libertad para ella?

Vemos cómo la mente, al comprender de manera verbal que no existe libertad alguna sobre esta tierra, ni interna ni exteriormente, comienza entonces a inventar la libertad en otro mundo, una liberación futura, un cielo, etcétera.

Descartemos todos los conceptos teóricos e ideológicos de la libertad para que podamos inquirir si nuestras mentes, la de ustedes y la mía, pueden alguna vez estar realmente libres, libres de la dependencia del miedo, de la ansiedad, libres de los innumerables problemas, tanto de los conscientes como de los que se ocultan en las capas más profundas del inconsciente.

¿Puede existir libertad psicológica completa, de manera que la mente humana pueda dar con algo que no sea temporal, que no sea producto del pensamiento, y que al mismo tiempo no constituya un escape de las realidades de la vida cotidiana?

A menos que la mente humana esté del todo libre interna, psicológicamente, no es posible ver lo que es verdadero, ver si existe una realidad que no sea inventada por el temor, que no sea moldeada por la sociedad o por la cultura en que vivimos, y que no sea un escape de la rutina diaria, con su tedio, soledad, inquietud y desesperación.

Para descubrir si realmente existe tal libertad, uno tiene que darse cuenta de su propio condicionamiento, de los problemas, de la monótona superficialidad, del vacío e insuficiencia de su vida cotidiana y, sobre todo, tiene que darse cuenta del temor. Uno ha de ser consciente de sí mismo no de manera introspectiva o analítica, sino dándose cuenta de cómo uno es en realidad, y ver también si es posible estar enteramente libre de todos esos problemas que parecen nublar y confundir la mente.

Para explorar, como vamos a hacerlo, tiene que haber libertad, no al final, sino desde el mismo principio. Uno no puede explorar, investigar o examinar las cosas a menos que sea libre. Para poder mirar profundamente se requiere no sólo libertad, sino también la disciplina necesaria para observar.

La libertad y la disciplina van juntas (no es que uno deba ser disciplinado para luego ser libre). Usamos la palabra “disciplina” no en el aceptado sentido tradicional que implica conformar, imitar, reprimir según un patrón determinado, sino más bien con el significado de la raíz de la palabra, que es “aprender”.

El aprender y la libertad van juntos, y la libertad genera su propia disciplina; no una disciplina impuesta por la mente para obtener cierto resultado. Estas dos cosas son esenciales: la libertad y el acto de aprender.

Uno no puede aprender sobre sí mismo a menos que sea libre, de modo que pueda observar, no de acuerdo con algún patrón, fórmula o concepto, sino observarse a sí mismo tal como uno es.

Esa observación, esa percepción, ese ver, generan su propia disciplina y su propio aprender. Esto no implica conformidad, imitación, represión o control de clase alguna; y en ello hay gran belleza.

Es un hecho obvio que nuestras mentes están condicionadas por una cultura o sociedad en particular, influidas por diversas impresiones, por las exigencias y tensiones de la vida de relación, por factores económicos, climáticos, educativos, por la conformidad religiosa, etcétera.

Nuestras mentes están entrenadas para aceptar el miedo y para escapar, si ello es posible de ese miedo, y nunca somos capaces de poner término completamente a la naturaleza y estructura total del miedo.

De manera que nuestra primera pregunta es: ¿puede la mente, tan recargada como está, poner fin por completo, no sólo a su condicionamiento, sino también a sus miedos? Porque es el miedo lo que nos hace aceptar el condicionamiento.

No se limiten a escuchar un sinnúmero de palabras e ideas que realmente no tienen valor alguno; observen, mediante el acto de escuchar, los propios estados de la psiquis, tanto verbales como no verbales. Inquieran si la mente puede llegar a ser libre, no aceptando el miedo, ni escapando, ni diciendo “debo desarrollar valor, resistencia”, sino dándose cuenta completamente del miedo en el que uno está atrapado.

Uno no puede ver muy clara y profundamente mientras no está libre de esa cualidad del miedo; y es obvio que cuando hay miedo no hay amor.

Por lo tanto, ¿puede la mente llegar de hecho a estar libre del miedo?

Me parece que ésa es -tanto para mí como para cualquier persona cabalmente seria- una de las preguntas básicas y esenciales que deben ser formuladas y resueltas definitivamente.

Hay temores físicos y temores psicológicos. Existen los miedos físicos al dolor y los miedos psicológicos, el recuerdo de haber sufrido dolor en el pasado, y la idea de que puede repetirse ese dolor en el futuro. Existen también los miedos a la vejez y a la muerte, los miedos a la inseguridad física, a la incertidumbre del mañana, a no lograr ser un gran éxito, a no llegar a realizar la ambición de ser alguien en este feo mundo; los miedos a la destrucción, a la soledad, a no amar o no ser amado, etc.

Existen los miedos conscientes al igual que los miedos inconscientes. ¿Puede la mente estar completamente libre de todo esto?

Si la mente dice que no puede, entonces se ha incapacitado ella misma, se ha distorsionado y es incapaz de percibir, de comprender; incapaz de estar quieta, en completo silencio. Es, pues, una mente que en la oscuridad busca la luz sin jamás encontrarla y, por lo tanto, inventa una “luz” hecha de palabras, conceptos, teorías. ¿Cómo puede una mente tan sobrecargada de miedos, con todo su condicionamiento, estar alguna vez libre de todo eso?

¿O es que debemos aceptar el miedo como algo inevitable en la vida? Y la mayoría de nosotros aceptamos el miedo, lo toleramos. ¿Qué hemos de hacer?

¿Cómo vamos usted y yo, seres humanos, a deshacernos del miedo?

No de un miedo en particular sino del miedo total, de toda la naturaleza y estructura del temor.

¿Qué es el temor? (Si se me permite sugerirlo, no acepten lo que dice el que habla, pues no tiene autoridad alguna, no es un maestro, ni es un gurú; porque si lo fuera entonces ustedes serían seguidores, y si ustedes son seguidores, se destruyen a sí mismos y destruyen al maestro).

Estamos tratando de descubrir la verdad sobre la cuestión del miedo, en forma tal que la mente no vuelva a abrigar temor y esté, por lo tanto, por completo libre interna, psicológicamente, de toda dependencia.

La belleza de la libertad es que no deja rastro. El águila, en su vuelo, no deja rastro; el científico lo deja.

Al inquirir en esta cuestión de la libertad es indispensable que haya, no sólo la observación científica, sino también el vuelo del águila que no deja rastro alguno. Ambos son necesarios; tiene que haber tanto la explicación verbal como la percepción no verbal, pues la descripción nunca es la realidad descrita: es obvio también que la explicación nunca es la cosa explicada. Es decir, la palabra nunca es la cosa. Si todo esto está claro, entonces podemos proseguir.

Podemos descubrir por nosotros mismos -no por boca del que habla, no por medio de sus palabras, ideas o pensamientos- si la mente puede estar completamente libre del miedo.

Lo dicho en esta primera parte no es una introducción; si no lo han escuchado claramente y no lo han comprendido, no pueden pasar a la siguiente.

A fin de inquirir tiene que haber libertad para mirar; tiene uno que estar libre de prejuicios, conclusiones, conceptos, ideales, de modo que pueda observar por sí mismo qué es el miedo. Cuando uno observa muy de cerca, íntimamente, ¿hay miedo alguno? Esto es: uno puede observar el miedo muy de cerca, íntimamente, sólo cuando el “observador” es lo “observado”.

Vamos a investigar esto.

¿Qué es el temor?

¿Cómo surge?

Los miedos físicos obvios los podemos comprender, al igual que los peligros físicos, para los cuales tenemos una reacción instantánea; son bastante fáciles de entender y no tenemos que profundizar mucho en ellos.

Pero hablemos sobre los miedos psicológicos: ¿cómo surgen? ¿Cuál es su origen? Esta es la cuestión.

Existe el miedo de algo que ocurrió ayer; el miedo de algo que podría ocurrir más tarde, hoy o mañana.

Existe el miedo de lo que hemos conocido, y existe el miedo de lo desconocido, que es el mañana.

Uno puede ver por sí mismo muy claramente que el miedo se origina en la estructura del pensamiento, pensando en aquello que ocurrió ayer y que uno teme, o pensando en el futuro. ¿Verdad?

El pensamiento genera el miedo, ¿no es así? Por favor, vamos a estar bien seguros de esto; no acepten mis palabras; estén absolutamente seguros por sí mismos de que el pensamiento es el origen del miedo.

Pensar sobre el dolor, el dolor psicológico que uno experimentó hace algún tiempo y desear que no se repita, el sólo pensar sobre ello, engendra miedo. ¿Podemos proseguir desde ahí? No podremos ir más lejos a menos que veamos esto muy claramente.

Al pensar sobre una experiencia, una situación en que ha habido malestar, peligro, tristeza o dolor, el pensamiento genera miedo. Y habiendo establecido psicológicamente cierta seguridad, no quiere que esa seguridad se altere, porque cada incertidumbre constituye un peligro, y, por lo tanto, surge el miedo.

El pensamiento es responsable del temor y también es responsable del placer. Cuando uno ha disfrutado de una experiencia agradable, el pensamiento piensa en ella y desea perpetuarla; y cuando eso no es posible, hay resistencia, ira, desesperación y miedo.

Por lo tanto, el pensamiento engendra el temor y el placer, ¿no es así? Esto no es una conclusión verbal, ni una fórmula para evadir el miedo. Ello quiere decir que donde hay placer hay dolor y miedo perpetuados por el pensamiento.

El placer va junto al dolor. Los dos son indivisibles, y el pensamiento es responsable por ambos. Si no hubiera el mañana, ni el momento siguiente, sobre los cuales pensar en términos de temor o de placer, entonces ninguno de los dos existiría.

¿Seguimos adelante?

¿Es ello una realidad, no como una idea, sino como una cosa que uno mismo ha descubierto y que, por lo tanto, es real, de manera que uno pueda decir: “he descubierto que el pensamiento genera tanto el placer como el miedo”?

Uno ha disfrutado del placer sexual y después piensa en él a través de imágenes, cuadros mentales, y el mismo pensar sobre el sexo fortalece ese placer que ahora existe en las imágenes del pensamiento, y cuando eso se frustra hay dolor, ansiedad, miedo, celos, mortificación, ira, brutalidad. Y con ello no queremos decir que uno no deba experimentar placer.

La bienaventuranza no es placer; el éxtasis no es generado por el pensamiento; es una cosa del todo diferente. Uno puede llegar a la bienaventuranza o al éxtasis sólo cuando comprende la naturaleza del pensamiento, el cual genera tanto el placer como el temor.

Entonces surge la pregunta: ¿puede uno detener el pensamiento? Si el pensamiento genera el miedo y el placer -porque es bastante obvio que donde hay placer tiene que haber dolor- entonces uno se pregunta: ¿puede cesar el pensamiento? -lo cual no significa que termine la percepción o el disfrute de la belleza-.

Es como si viéramos la belleza de una nube o de un árbol y la disfrutáramos total, completa y plenamente; pero cuando el pensamiento busca tener la misma experiencia mañana, el mismo deleite que experimentó ayer viendo esa nube, ese árbol, esa flor, la faz atractiva de alguna persona, entonces invita a la desilusión, al dolor, al miedo y al placer.

¿Puede, por lo tanto, terminar el pensamiento? ¿O es ésa una pregunta totalmente errónea? Es una pregunta errónea porque deseamos experimentar un estado de éxtasis, de bienaventuranza, lo cual no es placer.

Mediante la terminación del pensamiento esperamos encontrar algo que sea inmenso, que no sea producto del placer y del temor. La pregunta correcta es: ¿qué papel desempeña el pensamiento en la vida? y no ¿cómo podemos acabar con el pensamiento?

¿Cuál es la relación del pensamiento con la acción y con la inacción?

¿Cuál es la relación del pensamiento con la acción cuando la acción es necesaria? ¿Por qué, cuando existe el disfrute completo de la belleza, tiene que surgir el pensamiento en forma alguna? -porque si no surgiera no se proyectaría hacia el futuro-.

Deseo averiguar -cuando existe el pleno disfrute de la belleza de una montaña, de un rostro hermoso, de una extensión de agua- por qué ha de brotar el pensamiento diciendo: “tengo que volver a disfrutar de ese placer mañana”.

Tengo que descubrir cuál es la relación del pensamiento con la acción, y también si debe intervenir el pensamiento cuando el pensamiento no es necesario en absoluto.

Veo un árbol bello, sin una sola hoja, erguido contra el cielo; es extraordinariamente bello, y eso es suficiente; fin.

¿Por qué tiene que inmiscuirse el pensamiento y decir, “debo experimentar ese mismo deleite mañana”? Y también veo que el pensamiento tiene que operar en la acción.

La habilidad en la acción es también habilidad en el pensamiento. Por lo tanto, ¿cuál es la verdadera relación entre el pensamiento y la acción? Tal como ocurre, nuestra acción se basa en conceptos, en ideas.

Tengo una idea o un concepto de lo que debería hacerse, y lo que se hace es una aproximación a ese concepto, idea o ideal. De manera que existe una división entre la acción y el concepto, el ideal, “lo que debería ser”; y en esa división hay conflicto.

Cualquier división psicológica tiene que engendrar conflicto. Me pregunto: “¿cuál es la relación del pensamiento con la acción?” Si existe división entre la acción y la idea, entonces la acción es incompleta. ¿Existe alguna acción en la cual el pensamiento ve algo instantáneamente y actúa de inmediato, sin que haya ninguna idea, ninguna ideología que actúe separadamente?

¿Existe alguna acción en la cual el mismo ver es la acción, en la cual el mismo pensar es la acción?

Veo que el pensamiento genera miedo y placer; veo que donde existe el placer hay dolor y, por lo tanto, resistencia al dolor. Veo eso claramente, y el verlo es la acción inmediata; en el verlo participan el pensamiento, la lógica y el pensar con claridad; y no obstante, el verlo y la acción son instantáneos.

Por lo tanto, en ello hay libertad.

¿Nos estamos comunicando?

Vayamos despacio porque esto es complicado, difícil.

Por favor, no diga “sí” tan fácilmente. Si dice que sí, entonces cuando abandone la carpa debe estar libre del miedo. El decir que “sí” es una mera aseveración de que ha comprendido verbalmente, intelectualmente -lo cual no significa nada-.

Usted y yo estamos aquí esta mañana investigando la cuestión del temor y cuando salga de aquí debe estar completamente libre del temor. Ello significa que usted es un ser humano libre, un ser humano diferente, totalmente transformado; pero no que va a serlo mañana, sino que lo es ahora mismo, porque usted ve con claridad que el pensamiento engendra miedo y placer, usted ve que todos nuestros valores están basados en el miedo y el placer -los valores morales, éticos, sociales, religiosos o espirituales-.

Si usted ve esta verdad -y para verla tiene que estar extraordinariamente alerta, observando cada movimiento del pensamiento en forma clara y lógica-, entonces ese mismo ver es una acción total y, por lo tanto, cuando usted sale de aquí está completamente libre del miedo.

De lo contrario dirá ¿cómo voy a estar libre del miedo mañana?

El pensamiento tiene que funcionar en la acción. Uno tiene que pensar cuando va para su casa o cuando va a abordar un autobús, un tren, cuando va a la oficina, y entonces el pensamiento funciona eficientemente, objetivamente, en forma impersonal y sin emociones. Ese pensamiento es de vital importancia.

Pero cuando el pensamiento continúa esa experiencia que usted ha tenido y la lleva a través de la memoria, hacia el futuro, entonces tal acción es incompleta, y, por lo tanto, existe una forma de resistencia, etcétera. Podemos entonces pasar a la siguiente pregunta, la cual sugiero formulemos así: ¿cuál es el origen del pensamiento y quién es el pensador?

Uno puede ver que el pensamiento es la respuesta del conocimiento, de la experiencia como recuerdo acumulado, de cuyo trasfondo surge una respuesta del pensamiento a cualquier reto. Si a uno le preguntan dónde vive, la respuesta es inmediata. La memoria, la experiencia, el conocimiento es el trasfondo del cual brota el pensamiento.

Por lo tanto, el pensamiento nunca es nuevo; el pensamiento es siempre viejo; el pensamiento no puede ser nunca libre, porque está atado al pasado, y por lo tanto no puede ver nada nuevo.

Cuando comprendo esto con claridad, la mente se aquieta. La vida es un movimiento constante de relación, y el pensamiento, tratando de capturar ese movimiento en términos del pasado como memoria, siente miedo a la vida.

Cuando vemos todo eso, cuando vemos que la libertad es necesaria para inquirir -y para inquirir claramente tiene que haber la disciplina del aprender, y no de la represión o la imitación- cuando vemos cómo la mente ha sido condicionada por la sociedad, por el pasado, cuando vemos que todo pensamiento que se origina en el cerebro es viejo y, por lo tanto, incapaz de comprender nada nuevo, entonces la mente se aquieta por completo sin ser controlada, ni aquietada. No existe sistema o método alguno -no importa que sea Zen del Japón o un sistema de la India- para lograr que la mente esté quieta, porque lo más tonto que pueda hacer la mente es disciplinarse para estar quieta. Si vemos ahora todo eso -si lo vemos realmente y no como algo teórico- de ese percibir surge entonces una acción, y esa acción es la que nos libera del miedo. Así, en cada ocasión en que el miedo surge, hay inmediata percepción y terminación de ese miedo.

¿Qué es el amor?

Para la mayoría de nosotros es placer y, por lo tanto, miedo. Eso es lo que llamamos amor. Entonces, ¿qué es el amor cuando comprendemos el placer y el miedo? ¿Quién va a contestar esa pregunta? ¿El que habla, el sacerdote, el libro? ¿Es que algún agente externo nos va a decir que lo estamos haciendo muy bien y que debemos continuar adelante? ¿O es que habiendo examinado, observado y visto en forma no analítica la estructura y la naturaleza total del placer, del miedo, del dolor, encontramos que “el observador”, “el pensador” es parte del pensamiento?

Si no existe el pensamiento, no existe el “pensador”, pues ambos son inseparables; el pensador es el pensamiento. Hay cierta belleza y sutilidad en ver eso.

¿Dónde está ahora la mente que comenzó a inquirir en este problema del miedo? ¿Comprenden? ¿Cuál es ahora la condición de la mente que ha pasado por todo ello? ¿Es la misma que era antes de llegar a este estado? Después de haber visto esto íntimamente, de haber visto la naturaleza de esta cosa llamada pensamiento, miedo y placer; ¿cuál es el verdadero estado de la mente ahora?

Es obvio que nadie, excepto usted mismo, puede contestar esa pregunta, y si ha podido ahondar en ella verá que la mente ha experimentado una transformación total.

Interlocutor: (Inaudible).

Krishnamurti: Una de las cosas más fáciles que hay es hacer una pregunta. Probablemente algunos han estado pensando qué pregunta iban a formular mientras yo hablaba. Estamos más interesados en nuestra pregunta que en escuchar. Hay que hacer preguntas sobre uno mismo tanto aquí como en cualquier otro sitio. Es mucho más importante hacer la pregunta correcta que recibir la respuesta.

La solución de un problema reside en la comprensión del problema; la respuesta no está fuera del problema, sino en el problema mismo. No podemos ver el problema muy claramente si estamos preocupados con la respuesta, con la solución.

La mayoría de nosotros anhelamos resolver el problema sin investigarlo, y para investigarlo debidamente es preciso tener energía, intensidad, pasión, y no la indolencia y la pereza que padecemos casi todos nosotros, ya que preferimos que alguna otra persona lo resuelva.

No hay nadie que vaya a resolver ninguno de nuestros problemas, sean políticos, religiosos o psicológicos. Hemos de tener mucha energía, pasión e intensidad para mirar y observar el problema, y entonces, al observarlo, la solución surge muy claramente.

Ello no implica que ustedes no deben hacer preguntas; por el contrario, tienen que hacerlas. Deben dudar de todo lo que se ha dicho, sin importar quién lo diga, inclusive el que habla.

Interlocutor: ¿Existe el peligro de caer en la introspección al dirigir la mirada a nuestros problemas personales?

Krishnamurti: ¿Por qué no ha de haber peligro? Hay peligro al cruzar la calle. ¿Quiere usted decir que no debemos mirar porque es peligroso hacerlo? Recuerdo que una vez -si se me permite relatar un caso que sirve de ejemplo- un hombre muy rico vino a vernos y dijo: “Soy muy, muy serio, y estoy interesado en lo que usted dice y deseo resolver todo mi ‘esto y lo de más allá’” -ustedes saben, las tonterías de que habla la gente.

Le dije: “muy bien, señor, investiguemos eso”, y hablamos. Volvió varias veces, y después de la segunda semana vino y me dijo: “tengo sueños horribles, espantosos, y me parece ver que todo lo que me rodea desaparece, que todas las cosas se van”; y añadió: “probablemente eso es el resultado de inquirir dentro de mí mismo y veo el peligro que eso representa”. Desde entonces, no volvió más.

Todos queremos estar a salvo, seguros en nuestro pequeñito mundo el mundo del “orden bien establecido” que es desorden, el mundo de nuestras relaciones particulares que no deseamos que se perturben -la excluyente y estrecha relación entre marido y mujer, en la que hay desdicha, desconfianza, temor, peligro, celos, ira, dominio-.

Existe una manera de mirar dentro de nosotros mismos sin miedo, sin peligro; es el mirar sin condenación ni justificación, simplemente el mirar, sin interpretar, sin juzgar, sin evaluar.

Para ello la mente ha de estar ansiosa de aprender mediante la observación de lo que realmente es.

¿Qué peligro hay en “lo que es”? Los seres humanos son violentos; eso es en realidad “lo que es”, y el peligro que han provocado en el mundo es el efecto de esta violencia, es el resultado del miedo. ¿Qué hay de peligroso en observarlo y en tratar de extirpar completamente ese miedo, de tal manera que podamos crear una sociedad diferente con diferentes valores?

Hay gran belleza en la observación, en ver las cosas como son, psicológica, internamente; lo cual no quiere decir que uno acepte las cosas como son, ni tampoco que las rechace o desee alterar “lo que es”, porque la misma percepción de “lo que es” genera su propia mutación.

Pero uno debe conocer el arte de “mirar” y el arte de “mirar” nunca es introspectivo o analítico, sino que consiste, simplemente, en observar, sin opción alguna.

Interlocutor: ¿No existe el miedo espontáneo?

Krishnamurti: ¿Llamaría usted miedo a eso? Cuando usted sabe que el fuego quema, cuando ve un precipicio, ¿es miedo alejarse? Cuando se aparta ante un animal salvaje, una serpiente, ¿es eso miedo, o es inteligencia? Esa inteligencia puede ser el resultado del condicionamiento, porque usted ha sido condicionado a los peligros de un precipicio, de otro modo podría caer, y ello sería el final. Esa inteligencia le advierte que tenga cuidado; ¿es miedo esa inteligencia? ¿Pero es ésa la inteligencia que funciona cuando nos dividimos en nacionalidades, en grupos religiosos?

Al dividirnos entre “tú” y “yo”, “nosotros” y “ellos”, ¿actuamos con inteligencia? Lo que opera en esta división, lo que ocasiona peligros, lo que separa a la gente, lo que provoca guerras, ¿es inteligencia en acción, o es miedo? Eso es miedo, no inteligencia.

En otras palabras, nos hemos fragmentado; una parte de nosotros actúa, si es necesario, inteligentemente, como cuando evitamos un precipicio o un autobús que pasa, pero no somos lo bastante inteligentes para ver los peligros del nacionalismo, los peligros de la división entre los seres humanos. De manera que una parte de nosotros -una parte muy pequeña- es inteligente, y el resto no lo es.

Donde hay fragmentación tiene que haber conflicto y miseria; la esencia misma del conflicto es la división y la contradicción en nosotros mismos. Esa contradicción no puede ser integrada. Una de nuestras ideas más peculiares es la de que debemos integrarnos a nosotros mismos. No sé lo que eso realmente significa. ¿Quién es el que va a integrar las dos naturalezas divididas y en oposición? ¿No es parte de esa división el propio integrador? Sin embargo, cuando uno ve la totalidad de ello, cuando la percibe sin opción alguna, entonces no hay división.

Interlocutor: ¿Existe alguna diferencia entre pensamiento correcto y acción correcta?

Krishnamurti: Cuando usted usa la palabra “correcto” en relación con pensamiento y acción, entonces esa acción “correcta” es acción “incorrecta”, ¿no es así? Cuando usamos la palabra “correcta”, ya tenemos una idea de lo que es correcto. Cuando usted tiene una idea de lo que es “correcto”, ello es “incorrecto”, porque lo que considera “correcto” se basa en su prejuicio, en su condicionamiento, en su temor, en su cultura, en su sociedad, en sus propias características particulares, temores, sanciones religiosas, etcétera.

Usted tiene la norma, el patrón, y ese mismo patrón es en sí incorrecto e inmoral. La moralidad social es inmoral.

¿Está usted de acuerdo?

Si está de acuerdo entonces ha rechazado la moralidad social que es codicia, envidia, ambición, culto a las jerarquías, etcétera.

¿Pero cuando dice que está de acuerdo es porque lo ha vivido? ¿Quiere usted significar realmente que la moralidad social es inmoral, o se trata únicamente de unas cuantas palabras? Señor, el ser realmente moral, virtuoso, es una de las cosas más extraordinarias en la vida, y esa moralidad no tiene absolutamente nada que ver con la conducta social y ambiental.

Para ser realmente virtuoso hay que ser libre, y uno no es libre si sigue la moralidad social de la codicia, la envidia, la competencia, el culto al éxito -ustedes saben, todas esas cosas que la sociedad antepone como morales.

Interlocutor: ¿Tenemos que esperar a que ocurra este cambio, o existe alguna disciplina que podamos utilizar?

Krishnamurti: ¿Necesitamos acaso una disciplina para darnos cuenta de que el propio ver es acción? ¿La necesitamos? Interlocutor: ¿Podría hablarnos de la mente quieta? ¿Es ella el resultado de la disciplina? ¿O no lo es?

Krishnamurti: Mire, señor, en una parada un soldado está muy quieto, con su espalda recta, sosteniendo el rifle con precisión; se ha ejercitado día tras día; para él no existe libertad alguna. Está muy quieto, ¿pero es eso quietud? ¿Es quietud la de un niño que está absorto en un juguete? Quítele el juguete y el niño vuelve a su propia manera de ser. Comprenda esto de una vez y para siempre, porque es muy sencillo: ¿puede la disciplina crear la quietud? Puede que produzca embotamiento, un estado de estancamiento, pero, ¿produce esa quietud que, siendo quietud, es al mismo tiempo intensamente activa? Interlocutor:

Señor, ¿qué quiere usted que hagamos nosotros aquí en este mundo?

Krishnamurti: Muy simple, señor: yo no quiero nada. Eso es lo primero. Lo segundo: viva, viva en este mundo. Este mundo es tan maravillosamente bello. Es nuestro mundo, la tierra nuestra sobre la cual vivimos. Pero no vivimos, somos mezquinos, divididos, ansiosos; somos seres humanos atemorizados y, por lo tanto, no vivimos, no conocemos la verdadera relación, somos seres solitarios y desesperados. No sabemos lo que significa ese sentido de vivir en éxtasis, en la dicha. Digo que podemos vivir de esa manera únicamente cuando sabemos cómo estar libres de todas las tonterías que llenan nuestra vida. Y estar libres de ellas sólo es posible cuando nos damos cuenta de nuestra relación, no sólo con los seres humanos, sino también con las ideas, con la naturaleza, con todo. En esa relación descubrimos lo que somos: nuestro miedo; nuestra ansiedad, desesperación, soledad, y nuestra completa ausencia de amor. Uno está repleto de teorías, de palabras, de conocimientos de lo que otras personas han dicho, pero nada conoce sobre sí mismo, y, por lo tanto, uno no sabe cómo vivir. Interlocutor:

¿Cómo explica usted los diferentes niveles de conciencia del cerebro humano? El cerebro parece ser una cosa física, y la mente no parece serlo. Además, la mente parece tener una parte consciente y otra inconsciente.

¿Cómo podemos ver con alguna claridad estas diferentes ideas?

Krishnamurti: Lo que usted quiere saber es la diferencia entre el cerebro y la mente, ¿no es así, señor?

¿No es el cerebro en sí, que es el resultado del pasado, consecuencia de la evolución, de muchos miles de ayeres, con todos sus recuerdos, conocimientos y experiencia, no es ese cerebro parte de la mente total? -la mente en que hay un nivel consciente y otro inconsciente-.

¿No es todo eso una totalidad, lo físico así como lo no físico, lo psicológico?

¿No somos nosotros los que hemos hecho la división entre lo consciente y lo inconsciente, el cerebro y el no cerebro?

¿No podemos mirar la cosa entera como una totalidad no fragmentada?

¿Es lo inconsciente tan distinto de lo consciente?

¿O es lo inconsciente una parte de la totalidad que nosotros hemos dividido?

De ahí surge la pregunta: ¿cómo puede la mente consciente darse cuenta de la inconsciente?

¿Puede lo positivo, que es lo funcional -lo que trabaja todo el día- observar lo inconsciente? No sé si tenemos tiempo para dilucidar esta cuestión. ¿No están ustedes cansados?

Por favor, señores, no conviertan esto en un entretenimiento, como podrían hacerlo sentados en una habitación agradable y cálida oyendo la voz de alguien.

Estamos tratando con cosas muy serias, y si ustedes han trabajado como uno debe hacerlo, entonces tienen que estar cansados.

El cerebro no puede asimilar más sin fatigarse, y para ahondar en esa cuestión de lo consciente y lo inconsciente, necesitamos una mente aguda, clara, que pueda observar. Dudo mucho que al final de hora y media sean ustedes capaces de hacerlo. ¿Están ustedes conformes en que consideremos esta cuestión después?

Londres, 16 de marzo de 1969


EL ROBLE

  EL ROBLE JIDDU KRISHNAMURTI ENCUENTRO CON LA VIDA   Esa mañana el roble estaba muy quieto. Era un árbol enorme en el bosque; tenía...