EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO
J. KRISHNAMURTI
I
Es muy importante, a mi entender, que seamos sumamente
serios. Los que acuden a estas reuniones, los que asisten a diversas
conferencias de este tipo, se creen muy formales y serios. Pero me agradaría
descubrir qué entendemos por “ser formal”, “ser serio”. ¿Es formalidad,
demuestra seriedad, eso de ir de un conferenciante u orador a otro, de un
dirigente a otro, de un instructor a otro? ¿O que acudamos a diferentes grupos,
o pasemos por diversas organizaciones, en busca de algo? Antes, pues, de
empezar a averiguar lo que es ser serio, debemos ciertamente descubrir qué es
lo que buscamos.
¿Qué es lo que busca la mayoría de nosotros? ¿Qué es lo
que cada uno de nosotros quiere? Sobre todo en este mundo de desasosiego, en el
que todos procuran hallar cierto género de felicidad, alguna clase de paz,
resulta sin duda importante averiguar -¿no es así?- qué es lo que intentamos
buscar, qué es lo que tratamos de descubrir. Es probable que la mayoría de
nosotros busque alguna especie de felicidad, alguna clase de paz; en un mundo
sacudido por disturbios, guerras, contiendas, luchas, deseamos un refugio donde
pueda haber algo de paz. Creo que eso es lo que casi todos deseamos. Y así
proseguimos, yendo de un dirigente a otro, de una organización religiosa a
otra, de un instructor a otro.
Ahora bien: ¿andamos en busca de la felicidad, o lo que
buscamos es alguna clase de satisfacción de la que esperamos derivar felicidad?
Hay una diferencia, por cierto, entre felicidad y satisfacción. ¿Podéis buscar
la felicidad? Tal vez podáis hallar satisfacción; pero, ciertamente, no podéis
encontrar la felicidad. La felicidad, sin duda, es un derivado; es un producto
accesorio de alguna otra cosa. Antes, pues, de consagrar nuestra mente y
corazón a algo que requiere gran dosis de seriedad, de atención, de
pensamiento, de cuidado, debemos descubrir -¿no es así?- qué es lo que
buscamos; si es felicidad o satisfacción. Temo que la mayoría de nosotros
busquemos satisfacción. Deseamos estar satisfechos, deseamos hallar una
sensación de plenitud al final de nuestra búsqueda.
¿Podéis, empero, buscar algo? ¿Para qué venís a estas
reuniones? Por qué estáis todos aquí sentados, escuchándome? Sería muy
interesante averiguar por qué estáis escuchando, por qué os tomáis la molestia
de venir desde largas distancias, en un día caluroso, para escucharme. ¿Y qué
es lo que escucháis? ¿Procuráis hallar solución a vuestras dificultades y es
por eso que vais de un conferenciante a otro, que pasáis por diversas
organizaciones religiosas, leéis libros, etc.? ¿O tratáis de hallar la causa de
toda la perturbación, la miseria, las contiendas y las luchas? Eso, por cierto,
no exige que leáis mucho, que asistáis a innumerables reuniones, o andéis en
busca de instructores. Lo que exige es claridad de intención, ¿no es así?
Después de todo, si uno busca la paz puede encontrarla
muy fácilmente. Puede uno consagrarse ciegamente a alguna causa, a una idea, y
hallar en ella un refugio. Eso, a buen seguro, no resuelve el problema. El mero
aislamiento en una idea que nos encierra, no nos libra del conflicto. Debemos,
pues ¿no es así?- descubrir qué es lo
que cada uno de nosotros quiere, tanto en lo íntimo como exteriormente. Si esto
lo vemos claro, no necesitaremos ir a parte alguna, recurrir a ningún
instructor, a ninguna iglesia, a ninguna organización. De modo que nuestra
dificultad ¿no es así?- estriba en
aclarar para nosotros mismos cuál es nuestra intención. ¿Puede haber claridad
en nosotros? ¿Y esa claridad nos viene indagando, tratando de averiguar lo que
otros dicen, desde el más elevado instructor hasta el vulgar predicador de la
iglesia a la vuelta de la esquina? ¿Tenéis que recurrir a alguien para
descubrir? Y sin embargo, eso es lo que hacemos, ¿no es así? Leemos innumerables libros,
asistimos a muchas reuniones; y discutimos, ingresamos a diversas organizaciones,
procurando con ello hallar un remedio al conflicto, a las miserias de nuestra
vida. O, si no hacemos todo eso, creemos que hemos encontrado; esto es, decimos
que una organización determinada, tal o cual instructor, determinado libro, nos
satisface: en eso hemos hallado todo lo que deseamos, y en eso permanecemos,
cristalizados y encerrados.
Debemos, pues, llegar al punto en que nos preguntemos, de
un modo realmente serio y profundo, si alguien puede darnos la paz, la
felicidad, la realidad, Dios, o lo que os plazca. ¿Puede esta búsqueda incesante,
este anhelo, brindarnos ese extraordinario sentido de realidad, ese estado
creador, que surge cuando realmente nos comprendemos a nosotros mismos? ¿El
conocimiento propio nos llega mediante la búsqueda, siguiendo a alguien
perteneciendo a determinada organización, leyendo libros, etc.? Después de todo
-¿no es así?- ese es el principal problema: que mientras no me entienda a mí
mismo, no tengo base para el pensamiento, y toda mi búsqueda será en vano.
Puedo refugiarme en las ilusiones, puedo huir de la contienda, de la lucha, de
la brega; puedo adorar a otro ser; puedo esperar mi salvación de otra persona.
Mientras sea, empero, ignorante de mí mismo, mientras no me de cuenta del
proceso total de mí mismo, no tengo base para el pensamiento, para el afecto,
para la acción.
Pero esa es la última de las cosas que deseamos:
conocernos a nosotros mismos. Y ese, por cierto, es el único fundamento sobre
el cual podemos construir. Pero antes de poder construir, de poder transformar,
antes de poder condenar o destruir, tenemos que saber lo que somos. De modo,
pues, que el emprender la búsqueda y cambiar de instructores de “gurús”, la
práctica riel “yoga”, los ejercicios de respiración, el realizar ceremonias, el
seguir a Maestros y toda otra cosa análoga, es totalmente inútil, ¿verdad?
Carece de sentido aun cuando las mismas personas a quienes seguimos nos digan:
“estudiaos a vosotros mismos”. Porqué el mundo es lo que somos nosotros. Si
somos mezquinos, celosos, vanos, codiciosos, eso es lo que creamos en torno
nuestro, esa es la sociedad en la cual vivimos.
Paréceme, pues, que antes de emprender un viaje para
hallar la realidad, para encontrar a Dios, antes de que podamos actuar, antes
de que podamos tener relación alguna unos con otros y eso es la sociedad- resulta por cierto
esencial que empecemos por entendernos a nosotros mismos en primer término. Y
yo considero persona seria a aquella a quien eso le interesa completamente,
ante todo, y no cómo llegar a determinada meta. Porque, si vosotros y yo no nos
entendemos a nosotros mismos, ¿cómo podremos, en la acción, operar una
transformación en la sociedad, en la convivencia, en nada que hagamos? Y ello
no significa, de seguro que el conocimiento propio se oponga a la convivencia o
esté aislado de ella. No significa, evidentemente, acentuar lo individual, el
“yo” como opuesto a la masa, como opuesto a los demás. No se si algunos de
vosotros habéis intentado seriamente estudiaros a vosotros mismos, vigilando
toda palabra y las respuestas que ella provoca, vigilando todo movimiento del
pensar y del sentir observándolo, nada
más- conscientes de vuestras respuestas corporales, sea que obréis movidos por
vuestros centros físicos o por una idea: observando cómo respondéis a la situación
mundial. No se si alguna vez y en alguna forma habéis ahondado seriamente esta
cuestión. Tal vez de un modo esporádico, último recurso, cuando todo lo demás
ha fracasado y os halléis fastidiados, algunos de vosotros lo hayan intentado.
Ahora bien: sin conoceros a vosotros mismos, sin conocer
vuestra propia manera de pensad por qué pensáis ciertas cosas; sin conocer el
“trasfondo” de vuestro “condicionamiento”, ni por qué tenéis ciertas creencias
en materia de arte y de religión, acerca de vuestro país y vuestros vecinos, y
acerca de vosotros mismos, ¿cómo podéis pensar verdaderamente sobre cosa
alguna, Si no conocéis vuestro “trasfondo”, si no conocéis la substancia ni el
origen de vuestro pensamiento, vuestra búsqueda resulta del todo vana, por
cierto, y vuestra acción carece de sentido. ¿No es así? Tampoco tiene sentido
alguno el que seáis americanos o hindúes, o que vuestra religión sea una u
otra.
Antes, pues, de que podamos descubrir cuál es el
propósito final de la vida, qué significa todo eso: las guerras, los
antagonismos nacionales, los conflictos, toda esa baraúnda, debemos ciertamente
empezar por nosotros mismos, ¿verdad? Ello suena tan sencillo, pero es
extremadamente difícil. Para seguirse uno mismo, en efecto, para ver cómo opera
el propio pensamiento, hay que estar extraordinariamente alerta. Así, a medida
que uno empieza a estar cada vez más alerta ante los enredos del propio pensar,
ante las propias respuestas y los propios sentimientos, empieza uno a ser más
consciente, no sólo de sí mismo sino de las personas con las que está en
relación. Conocerse a sí mismo es estudiarse en acción, en la convivencia. Mas
la dificultad está en que somos muy impacientes; queremos seguir adelante,
queremos alcanzar una meta. Y a causa de ello no tenemos tiempo ni ocasión de
brindarnos a nosotros mismos una oportunidad, de estudiar, de observar. O nos
hemos comprometido en diversas actividades: ganarnos el sustento, criar niños,
o hemos asumido ciertas responsabilidades en diversas organizaciones. Tanto nos
hemos comprometido de distintas maneras, que casi no tenemos tiempo para
reflexionar sobre nosotros mismos, para observar, para estudiar. De tal modo,
la responsabilidad de la reacción depende en realidad de uno mismo, no de los
demás. Y el seguir como se hace en
América y en el mundo entero- a los “gurús” y sus sistemas, el leer los últimos
libros sobre esto o aquello, paréceme de una total vacuidad, absolutamente
vano. Podréis, en efecto, recorrer la tierra entera, pero tendréis que volver a
vosotros mismos. Y como casi todos somos totalmente inconscientes de nosotros
mismos, es en extremo difícil empezar a ver claramente el proceso de nuestro
pensar, sentir y actuar. Y ese es el tema que voy a desarrollar en mis pláticas
durante las próximas semanas.
Cuanto más os conocéis a vosotros mismos, más claridad
existe. El conocimiento propio no tiene fin: no alcanzáis una realización, no
llegáis a una conclusión. Es un río sin fin. Y, a medida que se lo estudia, que
en él se ahonda de más en más, encuéntrase la paz. Sólo cuando la mente está
tranquila mediante el conocimiento
propio, no mediante una autodisciplina impuesta- sólo entonces, en esa quietud,
en ese silencio, puede advenir la realidad. Es sólo entonces que puede existir
la beatitud, que puede haber acción creadora. Y a mí me parece que sin esa
comprensión, sin esa experiencia, el mero hecho de leer libros, de asistir a
conferencias, de hacer propaganda, es del todo infantil; es una mera actividad
sin gran significación. Por el contrario, si uno logra comprenderse a sí mismo,
y con ello realizar esa felicidad creadora, esa vivencia de algo que no es de
la mente, entonces, tal vez, puede haber una transformación inmediata en la
convivencia alrededor nuestro, y, por lo tanto, en el mundo en que vivimos.
Pregunta: ¿Tengo yo que estar en un nivel especial de
conciencia para comprenderla usted?
Krishnamurti: Para comprender cualquier cosa no solamente lo que yo digo sino cualquier
cosa- ¿qué se requiere? ¿Qué se necesita para entenderos a vosotros mismos,
para comprender a vuestro esposo, a vuestra esposa, para comprender un cuadro,
el paisaje, los árboles? Verdadera atención, ¿no es eso? Porque, para entender
algo, tenéis que dedicarle todo vuestro ser, vuestra atención integra, plena
profunda, ¿no es así? ¿y, cómo puede haber atención plena, cuando estáis
distraídos? Por ejemplo: cuando tomáis notas mientras yo estoy hablando,
captáis, probablemente, una buena frase y os decís: “Cáspita, voy a anotar eso;
voy a usarlo en mi disertación”. ¿Cómo puede haber plena atención cuando sólo
os interesan las palabras? Esto es, estáis concentrados en el nivel verbal, por
lo cual sois incapaces de sobrepasar ese nivel verbal. Las palabras son tan
sólo un medio de comunicación. Pero si no sois capaces de comunicaros y os
apagáis a las meras palabras, es obvio que no puede haber plena atención. No
hay, por lo tanto, recto entendimiento.
El escuchar es, pues, un arte, ¿verdad? Para entender
algo debéis prestar plena atención, y eso no es posible cuando de algún modo os
distraéis: cuando tomáis notas o no estáis cómodamente sentados, cuando lucháis
por comprender haciendo un esfuerzo. El hacer un esfuerzo por comprender,
evidentemente, es un estorbo para la comprensión porque toda vuestra atención
se emplea en hacer el esfuerzo. No sé si alguna vez habéis notado que, cuando
algo que otra persona dice os interesa, no hacéis esfuerzo alguno, no erigís un
muro de resistencia contra la distracción. No hay distracciones cuando estáis
interesados; prestáis plena atención a lo que se está diciendo, ansiosamente,
con espontaneidad. Cuando hay interés vital, hay atención espontánea. La
mayoría de nosotros, empero, halla muy difícil esa atención, porque tal vez
conscientemente, en el nivel superficial de la mente, queréis entender, pero en
lo íntimo hay resistencia; o bien el deseo de comprender puede ser profundo,
mientras en lo exterior, en la superficie, es donde hay resistencia.
Para prestar, pues, plena atención a alguna cosa, tiene
que haber integración de todo vuestro ser. En efecto: mientras en un nivel de
la conciencia deseáis quizá descubrir, saber, es posible que en otro nivel ese
mismo saber signifique desilusión, ya que puede, que os haga cambiar totalmente
vuestra vida. De modo, pues, que hay una contienda interior, una lucha íntima
de la que quizá no os dais cuenta. Aunque creáis prestar atención, hay en
realidad una distracción que continúa, interior o exteriormente; y esa es la
dificultad.
Para entender, pues, cualquier cosa, hay que prestar
plena atención; y es por eso que en diversas reuniones he insinuado que no se
tomen notas, que no estáis aquí para hacer propaganda a favor mío o de
vosotros; que debéis escuchar tan sólo para comprender. Nuestra dificultad para
comprender estriba en que nuestra mente nunca está quieta. Jamás consideramos
cosa alguna tranquilamente, con disposición de ánimo receptivo. Los periódicos,
las revistas, los políticos, los oradores callejeros, nos llenan de sandeces;
todo predicador a la vuelta de la esquina nos dice lo que debemos y lo que no
debemos hacer. Todo eso nos llega de continuo; y es natural que contra todo eso
haya también una resistencia íntima. No puede haber entendimiento mientras la
mente esté perturbada. Mientras la mente no esté muy quieta, callada,
tranquila, receptiva, sensible, no es posible comprender; y esa sensibilidad de
la mente no ha de ser tan sólo en el nivel superior de la conciencia, en la
mente superficial. Tiene que haber tranquilidad en todo nuestro ser, una
quietud integral. Cuando os halláis en presencia de algo muy hermoso, si
empezáis a charlar no captaréis su significado. Pero en el momento en que
estáis quietos, en que sois sensibles, su belleza os alcanza. De igual manera,
si deseamos entender cualquier cosa, no sólo debemos estar físicamente en
calma, sino que nuestra mente debe hallarse en extremo alerta, aunque
tranquila. Esa alerta pasividad de la mente no se logra por compulsión. No
podéis adiestrar la Mente para que esté en silencio; en tal caro es simplemente
como un mono amaestrado, quieto por fuera pero en ebullición por dentro. Escuchar
es, pues, un arte; y es preciso que consagréis vuestro tiempo, vuestro
pensamiento, todo vuestro ser, a aquello que deseáis comprender.
Pregunta: ¿Puedo comprender mas fácilmente lo que Ud.
dice enseñándolo a otros?
Krishnamurti: Contándoselo a otros podréis aprender una
nueva manera de presentar las cosas, un modo más sagaz de transmitir lo que
deseáis decir pero eso, ciertamente, no es comprensión. Si vosotros mismos no
lo comprendéis, ¿cómo será posible que lo expliquéis a otros? Eso, por cierto,
es mera propaganda, ¿verdad? Vosotros no entendéis tal o cual cosa, pero
habláis a otras personas al respecto, y os figuráis que una verdad puede
repetirse. ¿Creéis que si tenéis una experiencia podéis explicarla a los demás?
Podréis comunicarla verbalmente, ¿pero os será posible relatar a los demás
vuestra experiencia, es decir, transmitir la vivencia de algo? Podréis
describir la experiencia, mas no podréis transmitir el estado de vivencia. De
suerte que una verdad repetida deja de ser verdad. Sólo la mentira puede
repetirse; pero no bien “repetís” una verdad, ella pierde su sentido. Y la
mayoría de nosotros no experimenta sino que se ocupa en repetir. A un hombre
que experimenta algo no le interesa la mero repetición, tratar de convertir a
otros, la propaganda. Pero, por desgracia, a la mayoría de nosotros le interesa
la propaganda; porque mediante la propaganda, no sólo tratamos de convencer a
otros sino que también nos ganamos la vida explotando a los demás. La
propaganda se convierte gradualmente en estafa.
Si no os halláis, pues, atrapados en la mera
“verbalización”, y realmente os dedicáis a experimentar, entonces vosotros y yo
estamos en comunión. Pero si deseáis hacer propaganda y yo afirmo que la verdad no puede ser objeto
de propaganda- entonces no hay relación entre nosotros. Y temo que sea esa
nuestra dificultad en estos momentos. Deseáis explicar a otros sin haber
experimentado, y, al explicar, esperáis experimentar. Eso es mera sensación,
mera satisfacción; carece de sentido. No tiene validez; no se apoya en ninguna
realidad. Pero una realidad vivida, si se la comunica, no origina sujeción. La
vivencia, pues, es mucho más importante, tiene mayor significación, que la
comunicación en el nivel verbal.
Pregunta: A mí me parece que el movimiento de la vida se
experimenta en la relación con las personas y las ideas. El desprenderse de tal
estímulo implica vivir en un vacío deprimente. Yo necesito distracciones para
sentirme vivir.
Krishnamurti: En esta pregunta está implícito el problema
íntegro del desapego y la convivencia. Ahora bien, ¿por qué deseamos estar
desligados? ¿Qué instinto es ese, que a la mayoría de nosotros nos hace querer
apartarnos, estar desligados? Puede que, para casi todos nosotros, esa idea del
desapego haya surgido porque tantos instructores religiosos nos han hablado
acerca de ello. “Debéis desprenderos de todo para encontrar la realidad; debéis
renunciar, debéis abandonarlo todo, y sólo entonces hallaréis la realidad”.
¿Pero es que en la convivencia podernos estar desligados? ¿Qué entendemos por
convivencia? Tendremos, pues, que ahondar esta cuestión con cierto esmero.
Veamos ahora por qué tenemos esa reacción instintiva, esa
constante propensión al desapego. Los diversos instructores religiosos han
dicho: “Debéis estar desligados”. ¿Por qué? El problema, en primer lugar, es
este “¿Por qué estamos apegados? “No se trata de saber estar desligados, sino
por qué estáis apegados. Es seguro que si podéis hallar respuesta a eso, el
problema del desapego no existe, ¿verdad? ¿Por qué estamos apegados a las
atracciones, a las sensaciones, a las cosas de la mente o del corazón? Si
podemos descubrir por qué estamos apegados, entonces, tal vez, hallaremos la
respuesta justa, que no consiste en cómo lograr el desapego.
¿Por qué estáis apegados? ¿Y qué sucedería si no lo
estuvierais? Si no estuvierais apegados a vuestro propio nombre, a vuestros
bienes, a vuestra posición ya lo sabéis,
a todo ese cúmulo de cosas que forman vuestro “yo”; vuestros muebles, vuestro
coche vuestras características e idiosincrasia, vuestras virtudes, creencias e
ideas- Qué ocurriría? Si no estuvierais apegados a esas cosas, hallaríais que
sois como la nada, ¿no es así? Si no estuvierais apegados a vuestras
comodidades, a vuestra posición, a vuestra vanidad, os sentiríais súbitamente
perdidos, ¿verdad? De modo que el temor a ese vacío, el temor a no ser nada,
hace que os apaguéis a algo: vuestra familia, vuestro esposo o esposa, una
silla, un automóvil, vuestro país; no importa lo que sea. El temor de no ser
nada hace que uno se adhiera a algo; y el proceso de aferrarse implica
conflicto, dolor. Porque aquello a que os aferráis no tarda en desintegrarse,
en morir: vuestro coche, vuestra posición, vuestros bienes, vuestro esposo.
Así, pues, en el proceso de retener hay dolor; y para evitar el dolor decimos
que hay que estar desligado. Examinaos a vosotros mismos, y veréis que ello es
así. El miedo a la soledad, el miedo a no ser nada, el miedo al vacío, nos hace
apegarnos a algo: a un país, a una idea, a un Dios, a alguna organización, a un
Maestro, a una disciplina, a lo que os plazca. En el proceso de apego hay
dolor; y, para evitar ese dolor, tratamos de cultivar el desapego; y así
persistimos en ese círculo que siempre es doloroso, en el que siempre hay
lucha.
Ahora a bien: ¿por qué no podemos ser como la nada, algo
inexistente, no sólo en el nivel verbal sino en lo íntimo? Entonces ya no hay
problema de apego o desapego, ¿verdad? ¿Y en ese estado puede haber convivencia
¿Eso, en efecto, es lo que este interlocutor desea saber. El dice que sin
relaciones con personas e ideas, uno vive en un vacío deprimente. ¿Es cierto,
eso? ¿La convivencia es un proceso de apego? Cuando estáis apegados a alguien,
¿estéis relacionados con esa persona? Cuando estoy apegado a vosotros, cuando
me aferro a vosotros, cuando os poseo, ¿estoy relacionado con vosotros? Llegáis
a ser una necesidad para mí porque sin vosotros estoy perdido, me siento
incómodo, desdichado, solo. Os convertís, pues, en una necesidad para mí, en
uno cosa útil, en algo para llenar mi vacío. Vosotros no sois lo importante; lo
que importa es que llenéis mi necesidad. ¿Y existe convivencia alguno entre
nosotros cuando sois para mí una necesidad, una cosa necesaria, tal como un
mueble?
Dicho de otra manera: ¿puede uno vivir sin relaciones? ¿Y
es la vida de relación un mero estimulo? Porque sin eso que llamáis distracción
os sentís perdidos, no os sentís vivir. Es decir, tratáis la convivencia como
una distracción que os hace sentir vivos. Eso es lo que dice el autor de la
pregunta.
Así, pues, Puede uno vivir en el mundo sin convivencia?
Evidentemente no. No hay nada que pueda vivir en el aislamiento. A algunos de
nosotros quizá nos agradaría vivir aislados; pero ello no es posible. La vida
de relación, por lo tanto, se convierte en una simple distracción, que os hace
sentir como si estuvierais vivos. El reñir unos con otros, el sostener luchas,
disputas, etc., produce una sensación de vida. De manera que la convivencia se
convierte en mera distracción. Y como dice el interlocutor, sin distracciones
os sentís muertos. Por eso utilizáis la convivencia como un simple medio para
distraeros; y es obvio que la distracción, ya se trate de la bebida, de ir al
cine, de acumular conocimientos cualquier
forma de distracción- embota la mente y el corazón, ¿no es así? Cómo una mente
embotada, un corazón insensible, puede tener relación con otra persona? Sólo
una mente sensible, un corazón despierto al afecto, puede estar relacionado con
algo.
De modo que, mientras consideréis la convivencia como
distracción, viviréis evidentemente en un vacío porque os asusta salir de ese
estado de distracción. De ahí que temáis cualquier clase de desapego, de
separación. La convivencia es, pues, una distracción que os hace sentiros
vivos. La verdadera convivencia, en cambio, no es, distracción; es, en
realidad, un estado en el que os halláis constantemente en proceso de
entenderos a vosotros mismos en relación con algo. Es decir, la convivencia no
es una distracción sino un proceso en el cual uno se revela a sí mismo; y esa
auto revelación es muy penosa porque en la convivencia no tardáis en
descubriros a vosotros mismos, si estáis abiertos a tal descubrimiento. Como
casi ninguno de nosotros, empero, desea descubrirse, como casi todos preferimos
ocultarnos a nosotros mismos en la convivencia, ésta llega a ser ciegamente
penosa, y procuramos desligarnos de ella. La vida de relación no es un
estímulo. Por qué queréis que la convivencia os estimule ¿Si ello ocurre,
entonces la convivencia languidece, al igual que el estímulo. No sé si habéis
notado que cualquier clase de estímulo termina por embotar la mente y disminuir
la sensibilidad del corazón.
De suerte que la cuestión del desapego nunca debiera
plantearse, porque sólo el que posee piensa en renunciar. Nunca, empero, se
pregunta él por qué posee, cuál es el “trasfondo” que ha hecho de él un hombre
posesivo. Cuando comprende el proceso de poseer, entonces, naturalmente, se
libra de la posesión; no que cultive un opuesto, como el desapego. Y la vida de
relación será mero estímulo, un entretenimiento, mientras nos sirvamos de los
demás como medio de satisfacción propia, o como una necesidad, para huir de
nosotros mismos. Lleguéis a ser muy importantes para mí porque en mí mismo yo
soy muy pobre; en mí mismo nada soy, y, por lo tanto, vosotros lo sois todo.
Tal relación está llamada a ser un conflicto, un dolor; y algo que produce
dolor deja de ser una distracción. Deseamos, por lo tanto, escapar a esa
relación; y a esto le llamamos desapego.
Así, pues, mientras nos sirvamos de la mente en la vida
de relación, no podremos entender la convivencia. Porque, después de todo, la
mente es la que nos hace desligarnos. Cuando hay amor no existe el problema del
apego o del desapego. El amor no es producto del pensamiento: no podéis pensar
acerca del amor. Es un estado de ser. Y cuando la mente interviene por medio de
sus cálculos, de sus celos, de diversos y sutiles engaños, entonces surge el
problema en la vida de relación. La convivencia sólo tiene significación cuando
es un proceso en que uno se revela a sí mismo; y si en ese proceso uno actúa en
forma profunda, amplia y extensa, entonces hay paz en la convivencia, no la
lucha ni el antagonismo entre dos personas. Sólo en esa quietud, en esa
convivencia en la que existe la fruición del conocimiento propio, está la paz.
Julio 16 de 1949.

No hay comentarios:
Publicar un comentario