EL
VUELO DEL ÁGUILA
J.
KRISHNAMURTI
1. LA LIBERTAD
Pensamiento, placer y dolor.
Para la mayoría de nosotros la libertad es una
idea, no una realidad. Cuando hablamos de libertad, lo que queremos es ser
libres en lo externo, hacer lo que nos plazca, viajar, estar libres para
expresarnos de diferentes maneras y para pensar lo que gustemos. La expresión
externa de la libertad parece ser de extraordinaria importancia, especialmente
en los países donde hay tiranía y dictadura. Y en aquellos países donde es
posible la libertad externa, uno busca más y más placer, más y más posesiones.
Si es que vamos a inquirir profundamente
en lo que la libertad implica: ser total y completamente libres en lo interno
-lo cual se expresa luego exteriormente en la relación con la sociedad-
entonces me parece que debemos preguntarnos si la mente humana, que está tan excesivamente
condicionada, puede alguna vez ser del todo libre.
¿Tiene la mente que vivir y funcionar
siempre dentro de las fronteras de su propio condicionamiento, de manera que no
haya posibilidad alguna de libertad para ella?
Vemos cómo la mente, al comprender de
manera verbal que no existe libertad alguna sobre esta tierra, ni interna ni
exteriormente, comienza entonces a inventar la libertad en otro mundo, una
liberación futura, un cielo, etcétera.
Descartemos todos los conceptos teóricos
e ideológicos de la libertad para que podamos inquirir si nuestras mentes, la
de ustedes y la mía, pueden alguna vez estar realmente libres, libres de la
dependencia del miedo, de la ansiedad, libres de los innumerables problemas,
tanto de los conscientes como de los que se ocultan en las capas más profundas
del inconsciente.
¿Puede existir libertad psicológica
completa, de manera que la mente humana pueda dar con algo que no sea temporal,
que no sea producto del pensamiento, y que al mismo tiempo no constituya un
escape de las realidades de la vida cotidiana?
A menos que la mente humana esté del
todo libre interna, psicológicamente, no es posible ver lo que es verdadero,
ver si existe una realidad que no sea inventada por el temor, que no sea
moldeada por la sociedad o por la cultura en que vivimos, y que no sea un
escape de la rutina diaria, con su tedio, soledad, inquietud y desesperación.
Para descubrir si realmente existe tal
libertad, uno tiene que darse cuenta de su propio condicionamiento, de los
problemas, de la monótona superficialidad, del vacío e insuficiencia de su vida
cotidiana y, sobre todo, tiene que darse cuenta del temor. Uno ha de ser
consciente de sí mismo no de manera introspectiva o analítica, sino dándose
cuenta de cómo uno es en realidad, y ver también si es posible estar
enteramente libre de todos esos problemas que parecen nublar y confundir la
mente.
Para explorar, como vamos a hacerlo,
tiene que haber libertad, no al final, sino desde el mismo principio. Uno no
puede explorar, investigar o examinar las cosas a menos que sea libre. Para
poder mirar profundamente se requiere no sólo libertad, sino también la
disciplina necesaria para observar.
La libertad y la disciplina van juntas
(no es que uno deba ser disciplinado para luego ser libre). Usamos la palabra
“disciplina” no en el aceptado sentido tradicional que implica conformar,
imitar, reprimir según un patrón determinado, sino más bien con el significado
de la raíz de la palabra, que es “aprender”.
El aprender y la libertad van juntos, y
la libertad genera su propia disciplina; no una disciplina impuesta por la
mente para obtener cierto resultado. Estas dos cosas son esenciales: la
libertad y el acto de aprender.
Uno no puede aprender sobre sí mismo a
menos que sea libre, de modo que pueda observar, no de acuerdo con algún
patrón, fórmula o concepto, sino observarse a sí mismo tal como uno es.
Esa observación, esa percepción, ese
ver, generan su propia disciplina y su propio aprender. Esto no implica
conformidad, imitación, represión o control de clase alguna; y en ello hay gran
belleza.
Es un hecho obvio que nuestras mentes
están condicionadas por una cultura o sociedad en particular, influidas por
diversas impresiones, por las exigencias y tensiones de la vida de relación,
por factores económicos, climáticos, educativos, por la conformidad religiosa,
etcétera.
Nuestras mentes están entrenadas para
aceptar el miedo y para escapar, si ello es posible de ese miedo, y nunca somos
capaces de poner término completamente a la naturaleza y estructura total del
miedo.
De manera que nuestra primera pregunta
es: ¿puede la mente, tan recargada como está, poner fin por completo, no sólo a
su condicionamiento, sino también a sus miedos? Porque es el miedo lo que nos
hace aceptar el condicionamiento.
No se limiten a escuchar un sinnúmero de
palabras e ideas que realmente no tienen valor alguno; observen, mediante el
acto de escuchar, los propios estados de la psiquis, tanto verbales como no
verbales. Inquieran si la mente puede llegar a ser libre, no aceptando el
miedo, ni escapando, ni diciendo “debo desarrollar valor, resistencia”, sino
dándose cuenta completamente del miedo en el que uno está atrapado.
Uno no puede ver muy clara y
profundamente mientras no está libre de esa cualidad del miedo; y es obvio que
cuando hay miedo no hay amor.
Por lo tanto, ¿puede la mente llegar de
hecho a estar libre del miedo?
Me parece que ésa es -tanto para mí como
para cualquier persona cabalmente seria- una de las preguntas básicas y
esenciales que deben ser formuladas y resueltas definitivamente.
Hay temores físicos y temores
psicológicos. Existen los miedos físicos al dolor y los miedos psicológicos, el
recuerdo de haber sufrido dolor en el pasado, y la idea de que puede repetirse
ese dolor en el futuro. Existen también los miedos a la vejez y a la muerte,
los miedos a la inseguridad física, a la incertidumbre del mañana, a no lograr
ser un gran éxito, a no llegar a realizar la ambición de ser alguien en este
feo mundo; los miedos a la destrucción, a la soledad, a no amar o no ser amado,
etc.
Existen los miedos conscientes al igual
que los miedos inconscientes. ¿Puede la mente estar completamente libre de todo
esto?
Si la mente dice que no puede, entonces
se ha incapacitado ella misma, se ha distorsionado y es incapaz de percibir, de
comprender; incapaz de estar quieta, en completo silencio. Es, pues, una mente
que en la oscuridad busca la luz sin jamás encontrarla y, por lo tanto, inventa
una “luz” hecha de palabras, conceptos, teorías. ¿Cómo puede una mente tan
sobrecargada de miedos, con todo su condicionamiento, estar alguna vez libre de
todo eso?
¿O es que debemos aceptar el miedo como
algo inevitable en la vida? Y la mayoría de nosotros aceptamos el miedo, lo
toleramos. ¿Qué hemos de hacer?
¿Cómo vamos usted y yo, seres humanos, a
deshacernos del miedo?
No de un miedo en particular sino del
miedo total, de toda la naturaleza y estructura del temor.
¿Qué es el temor? (Si se me permite
sugerirlo, no acepten lo que dice el que habla, pues no tiene autoridad alguna,
no es un maestro, ni es un gurú; porque si lo fuera entonces ustedes serían
seguidores, y si ustedes son seguidores, se destruyen a sí mismos y destruyen
al maestro).
Estamos tratando de descubrir la verdad
sobre la cuestión del miedo, en forma tal que la mente no vuelva a abrigar
temor y esté, por lo tanto, por completo libre interna, psicológicamente, de
toda dependencia.
La belleza de la libertad es que no deja
rastro. El águila, en su vuelo, no deja rastro; el científico lo deja.
Al inquirir en esta cuestión de la
libertad es indispensable que haya, no sólo la observación científica, sino
también el vuelo del águila que no deja rastro alguno. Ambos son necesarios;
tiene que haber tanto la explicación verbal como la percepción no verbal,
pues la descripción nunca es la realidad descrita: es obvio también que la
explicación nunca es la cosa explicada. Es decir, la palabra nunca es la cosa.
Si todo esto está claro, entonces podemos proseguir.
Podemos descubrir por nosotros mismos
-no por boca del que habla, no por medio de sus palabras, ideas o pensamientos-
si la mente puede estar completamente libre del miedo.
Lo dicho en esta primera parte no es una
introducción; si no lo han escuchado claramente y no lo han comprendido, no
pueden pasar a la siguiente.
A fin de inquirir tiene que haber
libertad para mirar; tiene uno que estar libre de prejuicios,
conclusiones, conceptos, ideales, de modo que pueda observar por sí mismo qué
es el miedo. Cuando uno observa muy de cerca, íntimamente, ¿hay miedo
alguno? Esto es: uno puede observar el miedo muy de cerca, íntimamente, sólo
cuando el “observador” es lo “observado”.
Vamos a investigar esto.
¿Qué es el temor?
¿Cómo surge?
Los miedos físicos obvios los podemos
comprender, al igual que los peligros físicos, para los cuales tenemos una
reacción instantánea; son bastante fáciles de entender y no tenemos que
profundizar mucho en ellos.
Pero hablemos sobre los miedos
psicológicos: ¿cómo surgen? ¿Cuál es su origen? Esta es la cuestión.
Existe el miedo de algo que ocurrió
ayer; el miedo de algo que podría ocurrir más tarde, hoy o mañana.
Existe el miedo de lo que hemos
conocido, y existe el miedo de lo desconocido, que es el mañana.
Uno puede ver por sí mismo muy
claramente que el miedo se origina en la estructura del pensamiento, pensando
en aquello que ocurrió ayer y que uno teme, o pensando en el futuro. ¿Verdad?
El pensamiento genera el miedo, ¿no es
así? Por favor, vamos a estar bien seguros de esto; no acepten mis palabras;
estén absolutamente seguros por sí mismos de que el pensamiento es el origen
del miedo.
Pensar sobre el dolor, el dolor
psicológico que uno experimentó hace algún tiempo y desear que no se repita, el
sólo pensar sobre ello, engendra miedo. ¿Podemos proseguir desde ahí? No
podremos ir más lejos a menos que veamos esto muy claramente.
Al pensar sobre una experiencia, una
situación en que ha habido malestar, peligro, tristeza o dolor, el pensamiento
genera miedo. Y habiendo establecido psicológicamente cierta seguridad, no
quiere que esa seguridad se altere, porque cada incertidumbre constituye un
peligro, y, por lo tanto, surge el miedo.
El pensamiento es responsable del temor
y también es responsable del placer. Cuando uno ha disfrutado de una
experiencia agradable, el pensamiento piensa en ella y desea perpetuarla; y
cuando eso no es posible, hay resistencia, ira, desesperación y miedo.
Por lo tanto, el pensamiento engendra el
temor y el placer, ¿no es así? Esto no es una conclusión verbal, ni una fórmula
para evadir el miedo. Ello quiere decir que donde hay placer hay dolor y miedo
perpetuados por el pensamiento.
El placer va junto al dolor. Los dos son
indivisibles, y el pensamiento es responsable por ambos. Si no hubiera el
mañana, ni el momento siguiente, sobre los cuales pensar en términos de temor o
de placer, entonces ninguno de los dos existiría.
¿Seguimos adelante?
¿Es ello una realidad, no como una idea,
sino como una cosa que uno mismo ha descubierto y que, por lo tanto, es real,
de manera que uno pueda decir: “he descubierto que el pensamiento genera tanto
el placer como el miedo”?
Uno ha disfrutado del placer sexual y
después piensa en él a través de imágenes, cuadros mentales, y el mismo pensar
sobre el sexo fortalece ese placer que ahora existe en las imágenes del
pensamiento, y cuando eso se frustra hay dolor, ansiedad, miedo, celos,
mortificación, ira, brutalidad. Y con ello no queremos decir que uno no deba
experimentar placer.
La bienaventuranza no es placer; el
éxtasis no es generado por el pensamiento; es una cosa del todo diferente. Uno
puede llegar a la bienaventuranza o al éxtasis sólo cuando comprende la
naturaleza del pensamiento, el cual genera tanto el placer como el temor.
Entonces surge la pregunta: ¿puede uno
detener el pensamiento? Si el pensamiento genera el miedo y el placer -porque es
bastante obvio que donde hay placer tiene que haber dolor- entonces uno se
pregunta: ¿puede cesar el pensamiento? -lo cual no significa que termine la
percepción o el disfrute de la belleza-.
Es como si viéramos la belleza de una
nube o de un árbol y la disfrutáramos total, completa y plenamente; pero cuando
el pensamiento busca tener la misma experiencia mañana, el mismo deleite que
experimentó ayer viendo esa nube, ese árbol, esa flor, la faz atractiva de
alguna persona, entonces invita a la desilusión, al dolor, al miedo y al
placer.
¿Puede, por lo tanto, terminar el
pensamiento? ¿O es ésa una pregunta totalmente errónea? Es una pregunta errónea
porque deseamos experimentar un estado de éxtasis, de bienaventuranza, lo cual
no es placer.
Mediante la terminación del pensamiento
esperamos encontrar algo que sea inmenso, que no sea producto del placer y del
temor. La pregunta correcta es: ¿qué papel desempeña el pensamiento en la vida?
y no ¿cómo podemos acabar con el pensamiento?
¿Cuál es la relación del pensamiento con
la acción y con la inacción?
¿Cuál es la relación del pensamiento con
la acción cuando la acción es necesaria? ¿Por qué, cuando existe el disfrute
completo de la belleza, tiene que surgir el pensamiento en forma alguna?
-porque si no surgiera no se proyectaría hacia el futuro-.
Deseo averiguar -cuando existe el pleno
disfrute de la belleza de una montaña, de un rostro hermoso, de una extensión
de agua- por qué ha de brotar el pensamiento diciendo: “tengo que volver a
disfrutar de ese placer mañana”.
Tengo que descubrir cuál es la relación
del pensamiento con la acción, y también si debe intervenir el pensamiento
cuando el pensamiento no es necesario en absoluto.
Veo un árbol bello, sin una sola hoja,
erguido contra el cielo; es extraordinariamente bello, y eso es suficiente;
fin.
¿Por qué tiene que inmiscuirse el
pensamiento y decir, “debo experimentar ese mismo deleite mañana”? Y también
veo que el pensamiento tiene que operar en la acción.
La habilidad en la acción es también
habilidad en el pensamiento. Por lo tanto, ¿cuál es la verdadera relación entre
el pensamiento y la acción? Tal como ocurre, nuestra acción se basa en
conceptos, en ideas.
Tengo una idea o un concepto de lo que
debería hacerse, y lo que se hace es una aproximación a ese concepto, idea o
ideal. De manera que existe una división entre la acción y el concepto, el
ideal, “lo que debería ser”; y en esa división hay conflicto.
Cualquier división psicológica tiene que
engendrar conflicto. Me pregunto: “¿cuál es la relación del pensamiento con la
acción?” Si existe división entre la acción y la idea, entonces la acción es
incompleta. ¿Existe alguna acción en la cual el pensamiento ve algo
instantáneamente y actúa de inmediato, sin que haya ninguna idea, ninguna
ideología que actúe separadamente?
¿Existe alguna acción en la cual el
mismo ver es la acción, en la cual el mismo pensar es la acción?
Veo que el pensamiento genera miedo y
placer; veo que donde existe el placer hay dolor y, por lo tanto, resistencia
al dolor. Veo eso claramente, y el verlo es la acción inmediata; en el verlo
participan el pensamiento, la lógica y el pensar con claridad; y no obstante,
el verlo y la acción son instantáneos.
Por lo tanto, en ello hay libertad.
¿Nos estamos comunicando?
Vayamos despacio porque esto es
complicado, difícil.
Por favor, no diga “sí” tan fácilmente.
Si dice que sí, entonces cuando abandone la carpa debe estar libre del miedo.
El decir que “sí” es una mera aseveración de que ha comprendido verbalmente,
intelectualmente -lo cual no significa nada-.
Usted y yo estamos aquí esta mañana
investigando la cuestión del temor y cuando salga de aquí debe estar
completamente libre del temor. Ello significa que usted es un ser humano libre,
un ser humano diferente, totalmente transformado; pero no que va a serlo
mañana, sino que lo es ahora mismo, porque usted ve con claridad que el
pensamiento engendra miedo y placer, usted ve que todos nuestros valores están
basados en el miedo y el placer -los valores morales, éticos, sociales,
religiosos o espirituales-.
Si usted ve esta verdad -y para verla
tiene que estar extraordinariamente alerta, observando cada movimiento del
pensamiento en forma clara y lógica-, entonces ese mismo ver es una acción
total y, por lo tanto, cuando usted sale de aquí está completamente libre del
miedo.
De lo contrario dirá ¿cómo voy a estar
libre del miedo mañana?
El pensamiento tiene que funcionar en la
acción. Uno tiene que pensar cuando va para su casa o cuando va a abordar un
autobús, un tren, cuando va a la oficina, y entonces el pensamiento funciona
eficientemente, objetivamente, en forma impersonal y sin emociones. Ese
pensamiento es de vital importancia.
Pero cuando el pensamiento continúa esa
experiencia que usted ha tenido y la lleva a través de la memoria, hacia el futuro,
entonces tal acción es incompleta, y, por lo tanto, existe una forma de
resistencia, etcétera. Podemos entonces pasar a la siguiente pregunta, la cual
sugiero formulemos así: ¿cuál es el origen del pensamiento y quién es el
pensador?
Uno puede ver que el pensamiento es la
respuesta del conocimiento, de la experiencia como recuerdo acumulado, de cuyo
trasfondo surge una respuesta del pensamiento a cualquier reto. Si a uno le
preguntan dónde vive, la respuesta es inmediata. La memoria, la experiencia, el
conocimiento es el trasfondo del cual brota el pensamiento.
Por lo tanto, el pensamiento nunca es
nuevo; el pensamiento es siempre viejo; el pensamiento no puede ser nunca
libre, porque está atado al pasado, y por lo tanto no puede ver nada nuevo.
Cuando comprendo esto con claridad, la
mente se aquieta. La vida es un movimiento constante de relación, y el
pensamiento, tratando de capturar ese movimiento en términos del pasado como
memoria, siente miedo a la vida.
Cuando vemos todo eso, cuando vemos que
la libertad es necesaria para inquirir -y para inquirir claramente tiene que
haber la disciplina del aprender, y no de la represión o la imitación- cuando
vemos cómo la mente ha sido condicionada por la sociedad, por el pasado, cuando
vemos que todo pensamiento que se origina en el cerebro es viejo y, por lo
tanto, incapaz de comprender nada nuevo, entonces la mente se aquieta por
completo sin ser controlada, ni aquietada. No existe sistema o método alguno
-no importa que sea Zen del Japón o un sistema de la India- para lograr que la
mente esté quieta, porque lo más tonto que pueda hacer la mente es
disciplinarse para estar quieta. Si vemos ahora todo eso -si lo vemos realmente
y no como algo teórico- de ese percibir surge entonces una acción, y esa acción
es la que nos libera del miedo. Así, en cada ocasión en que el miedo surge, hay
inmediata percepción y terminación de ese miedo.
¿Qué es el amor?
Para la mayoría de nosotros es placer y,
por lo tanto, miedo. Eso es lo que llamamos amor. Entonces, ¿qué es el amor
cuando comprendemos el placer y el miedo? ¿Quién va a contestar esa pregunta?
¿El que habla, el sacerdote, el libro? ¿Es que algún agente externo nos va a
decir que lo estamos haciendo muy bien y que debemos continuar adelante? ¿O es
que habiendo examinado, observado y visto en forma no analítica la estructura y
la naturaleza total del placer, del miedo, del dolor, encontramos que “el
observador”, “el pensador” es parte del pensamiento?
Si no existe el pensamiento, no existe
el “pensador”, pues ambos son inseparables; el pensador es el pensamiento. Hay
cierta belleza y sutilidad en ver eso.
¿Dónde está ahora la mente que comenzó a
inquirir en este problema del miedo? ¿Comprenden? ¿Cuál es ahora la condición
de la mente que ha pasado por todo ello? ¿Es la misma que era antes de llegar a
este estado? Después de haber visto esto íntimamente, de haber visto la
naturaleza de esta cosa llamada pensamiento, miedo y placer; ¿cuál es el
verdadero estado de la mente ahora?
Es obvio que nadie, excepto usted mismo,
puede contestar esa pregunta, y si ha podido ahondar en ella verá que la mente
ha experimentado una transformación total.
Interlocutor: (Inaudible).
Krishnamurti: Una de las cosas más
fáciles que hay es hacer una pregunta. Probablemente algunos han estado pensando
qué pregunta iban a formular mientras yo hablaba. Estamos más interesados en
nuestra pregunta que en escuchar. Hay que hacer preguntas sobre uno mismo tanto
aquí como en cualquier otro sitio. Es mucho más importante hacer la pregunta
correcta que recibir la respuesta.
La solución de un problema reside en la
comprensión del problema; la respuesta no está fuera del problema, sino en el
problema mismo. No podemos ver el problema muy claramente si estamos
preocupados con la respuesta, con la solución.
La mayoría de nosotros
anhelamos resolver el problema sin investigarlo, y para investigarlo
debidamente es preciso tener energía, intensidad, pasión, y no la indolencia y
la pereza que padecemos casi todos nosotros, ya que preferimos que alguna otra
persona lo resuelva.
No hay nadie que vaya a resolver ninguno
de nuestros problemas, sean políticos, religiosos o psicológicos. Hemos de
tener mucha energía, pasión e intensidad para mirar y observar el problema,
y entonces, al observarlo, la solución surge muy claramente.
Ello no implica que ustedes no deben
hacer preguntas; por el contrario, tienen que hacerlas. Deben dudar
de todo lo que se ha dicho, sin importar quién lo diga, inclusive el que habla.
Interlocutor: ¿Existe el peligro de caer
en la introspección al dirigir la mirada a nuestros problemas personales?
Krishnamurti: ¿Por qué no ha de haber
peligro? Hay peligro al cruzar la calle. ¿Quiere usted decir que no debemos
mirar porque es peligroso hacerlo? Recuerdo que una vez -si se me permite
relatar un caso que sirve de ejemplo- un hombre muy rico vino a vernos y dijo:
“Soy muy, muy serio, y estoy interesado en lo que usted dice y deseo resolver
todo mi ‘esto y lo de más allá’” -ustedes saben, las tonterías de que habla la
gente.
Le dije: “muy bien, señor, investiguemos
eso”, y hablamos. Volvió varias veces, y después de la segunda semana vino y me
dijo: “tengo sueños horribles, espantosos, y me parece ver que todo lo que me
rodea desaparece, que todas las cosas se van”; y añadió: “probablemente eso es
el resultado de inquirir dentro de mí mismo y veo el peligro que eso
representa”. Desde entonces, no volvió más.
Todos queremos estar a salvo, seguros en
nuestro pequeñito mundo el mundo del “orden bien establecido” que es desorden,
el mundo de nuestras relaciones particulares que no deseamos que se perturben
-la excluyente y estrecha relación entre marido y mujer, en la que hay
desdicha, desconfianza, temor, peligro, celos, ira, dominio-.
Existe una manera de mirar dentro de
nosotros mismos sin miedo, sin peligro; es el mirar sin condenación ni
justificación, simplemente el mirar, sin interpretar, sin juzgar, sin evaluar.
Para ello la mente ha de
estar ansiosa de aprender mediante la observación de lo que realmente es.
¿Qué peligro hay en “lo que es”? Los
seres humanos son violentos; eso es en realidad “lo que es”, y el peligro que
han provocado en el mundo es el efecto de esta violencia, es el resultado del
miedo. ¿Qué hay de peligroso en observarlo y en tratar de extirpar
completamente ese miedo, de tal manera que podamos crear una sociedad diferente
con diferentes valores?
Hay gran belleza en la observación, en
ver las cosas como son, psicológica, internamente; lo cual no quiere decir que
uno acepte las cosas como son, ni tampoco que las rechace o desee alterar “lo
que es”, porque la misma percepción de “lo que es” genera su propia mutación.
Pero uno debe conocer el arte de “mirar”
y el arte de “mirar” nunca es introspectivo o analítico, sino que consiste,
simplemente, en observar, sin opción alguna.
Interlocutor: ¿No existe el miedo
espontáneo?
Krishnamurti: ¿Llamaría usted miedo a
eso? Cuando usted sabe que el fuego quema, cuando ve un precipicio, ¿es miedo
alejarse? Cuando se aparta ante un animal salvaje, una serpiente, ¿es eso
miedo, o es inteligencia? Esa inteligencia puede ser el resultado del
condicionamiento, porque usted ha sido condicionado a los peligros de un
precipicio, de otro modo podría caer, y ello sería el final. Esa inteligencia
le advierte que tenga cuidado; ¿es miedo esa inteligencia? ¿Pero es ésa la
inteligencia que funciona cuando nos dividimos en nacionalidades, en grupos
religiosos?
Al dividirnos entre “tú” y “yo”,
“nosotros” y “ellos”, ¿actuamos con inteligencia? Lo que opera en esta
división, lo que ocasiona peligros, lo que separa a la gente, lo que provoca
guerras, ¿es inteligencia en acción, o es miedo? Eso es miedo, no inteligencia.
En otras palabras, nos hemos
fragmentado; una parte de nosotros actúa, si es necesario, inteligentemente,
como cuando evitamos un precipicio o un autobús que pasa, pero no somos lo
bastante inteligentes para ver los peligros del nacionalismo, los peligros de
la división entre los seres humanos. De manera que una parte de nosotros -una
parte muy pequeña- es inteligente, y el resto no lo es.
Donde hay fragmentación tiene que haber
conflicto y miseria; la esencia misma del conflicto es la división y la
contradicción en nosotros mismos. Esa contradicción no puede ser integrada. Una
de nuestras ideas más peculiares es la de que debemos integrarnos a nosotros mismos.
No sé lo que eso realmente significa. ¿Quién es el que va a integrar las dos
naturalezas divididas y en oposición? ¿No es parte de esa división el propio
integrador? Sin embargo, cuando uno ve la totalidad de ello, cuando la percibe
sin opción alguna, entonces no hay división.
Interlocutor: ¿Existe alguna diferencia
entre pensamiento correcto y acción correcta?
Krishnamurti: Cuando usted usa la
palabra “correcto” en relación con pensamiento y acción, entonces esa acción
“correcta” es acción “incorrecta”, ¿no es así? Cuando usamos la palabra
“correcta”, ya tenemos una idea de lo que es correcto. Cuando usted tiene una
idea de lo que es “correcto”, ello es “incorrecto”, porque lo que considera
“correcto” se basa en su prejuicio, en su condicionamiento, en su temor, en su
cultura, en su sociedad, en sus propias características particulares, temores,
sanciones religiosas, etcétera.
Usted tiene la norma, el patrón, y ese
mismo patrón es en sí incorrecto e inmoral. La moralidad social es inmoral.
¿Está usted de acuerdo?
Si está de acuerdo entonces ha rechazado
la moralidad social que es codicia, envidia, ambición, culto a las jerarquías,
etcétera.
¿Pero cuando dice que está de acuerdo es
porque lo ha vivido? ¿Quiere usted significar realmente que la moralidad social
es inmoral, o se trata únicamente de unas cuantas palabras? Señor, el ser
realmente moral, virtuoso, es una de las cosas más extraordinarias en la vida,
y esa moralidad no tiene absolutamente nada que ver con la conducta social y
ambiental.
Para ser realmente virtuoso hay que ser
libre, y uno no es libre si sigue la moralidad social de la codicia, la
envidia, la competencia, el culto al éxito -ustedes saben, todas esas cosas que
la sociedad antepone como morales.
Interlocutor: ¿Tenemos que esperar a que
ocurra este cambio, o existe alguna disciplina que podamos utilizar?
Krishnamurti: ¿Necesitamos acaso una
disciplina para darnos cuenta de que el propio ver es acción? ¿La necesitamos?
Interlocutor: ¿Podría hablarnos de la mente quieta? ¿Es ella el resultado de la
disciplina? ¿O no lo es?
Krishnamurti: Mire, señor, en una parada
un soldado está muy quieto, con su espalda recta, sosteniendo el rifle con
precisión; se ha ejercitado día tras día; para él no existe libertad alguna.
Está muy quieto, ¿pero es eso quietud? ¿Es quietud la de un niño que está
absorto en un juguete? Quítele el juguete y el niño vuelve a su propia manera
de ser. Comprenda esto de una vez y para siempre, porque es muy sencillo:
¿puede la disciplina crear la quietud? Puede que produzca embotamiento, un
estado de estancamiento, pero, ¿produce esa quietud que, siendo quietud, es al
mismo tiempo intensamente activa? Interlocutor:
Señor, ¿qué quiere usted que hagamos
nosotros aquí en este mundo?
Krishnamurti: Muy simple, señor: yo no
quiero nada. Eso es lo primero. Lo segundo: viva, viva en este mundo. Este
mundo es tan maravillosamente bello. Es nuestro mundo, la tierra nuestra sobre
la cual vivimos. Pero no vivimos, somos mezquinos, divididos, ansiosos; somos
seres humanos atemorizados y, por lo tanto, no vivimos, no conocemos la
verdadera relación, somos seres solitarios y desesperados. No sabemos lo que
significa ese sentido de vivir en éxtasis, en la dicha. Digo que podemos vivir
de esa manera únicamente cuando sabemos cómo estar libres de todas las
tonterías que llenan nuestra vida. Y estar libres de ellas sólo es posible
cuando nos damos cuenta de nuestra relación, no sólo con los seres humanos,
sino también con las ideas, con la naturaleza, con todo. En esa relación
descubrimos lo que somos: nuestro miedo; nuestra ansiedad, desesperación,
soledad, y nuestra completa ausencia de amor. Uno está repleto de teorías, de
palabras, de conocimientos de lo que otras personas han dicho, pero nada conoce
sobre sí mismo, y, por lo tanto, uno no sabe cómo vivir. Interlocutor:
¿Cómo explica usted los diferentes
niveles de conciencia del cerebro humano? El cerebro parece ser una cosa
física, y la mente no parece serlo. Además, la mente parece tener una parte
consciente y otra inconsciente.
¿Cómo podemos ver con alguna claridad
estas diferentes ideas?
Krishnamurti: Lo que usted quiere saber
es la diferencia entre el cerebro y la mente, ¿no es así, señor?
¿No es el cerebro en sí, que es el
resultado del pasado, consecuencia de la evolución, de muchos miles de ayeres,
con todos sus recuerdos, conocimientos y experiencia, no es ese cerebro parte
de la mente total? -la mente en que hay un nivel consciente y otro
inconsciente-.
¿No es todo eso una totalidad, lo físico
así como lo no físico, lo psicológico?
¿No somos nosotros los que hemos hecho
la división entre lo consciente y lo inconsciente, el cerebro y el no cerebro?
¿No podemos mirar la cosa entera como
una totalidad no fragmentada?
¿Es lo inconsciente tan distinto de lo
consciente?
¿O es lo inconsciente una parte de la
totalidad que nosotros hemos dividido?
De ahí surge la pregunta: ¿cómo puede la
mente consciente darse cuenta de la inconsciente?
¿Puede lo positivo, que es lo funcional
-lo que trabaja todo el día- observar lo inconsciente? No sé si tenemos tiempo
para dilucidar esta cuestión. ¿No están ustedes cansados?
Por favor, señores, no conviertan esto
en un entretenimiento, como podrían hacerlo sentados en una habitación
agradable y cálida oyendo la voz de alguien.
Estamos tratando con cosas muy serias, y
si ustedes han trabajado como uno debe hacerlo, entonces tienen que estar
cansados.
El cerebro no puede asimilar más sin
fatigarse, y para ahondar en esa cuestión de lo consciente y lo inconsciente, necesitamos
una mente aguda, clara, que pueda observar. Dudo mucho que al final
de hora y media sean ustedes capaces de hacerlo. ¿Están ustedes conformes en
que consideremos esta cuestión después?
Londres,
16 de marzo de 1969

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